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Una guerra, ¿qué es?

En Afganistán nadie ha demostrado que sea imposible lograr unas honorables tablas

Día 12/08/2010
QUIENES han conocido un frente de guerra se sentirán sorprendidos por las noticias sobre Afganistan en WikiLeaks. La guerra, tal como se entiende desde 1914, es sobre todo ruido ensordecedor y polvo. Luego está la muerte. El compañero caído en la descubierta o en la trinchera. Los conos de los disparos de morteros. El hambre. La infección. La sangre, a veces valerosa, a veces poco heroica. La guerra es también la sed sin agua. La guerra actual, escribía George Kennan, se distingue de la antigua sobre todo por su sordidez. Parece que WikiLeaks empieza a desinflarse. En Estados Unidos, casi todo llega y desaparece a gran velocidad.
Un profesional de la información, del ala más izquierdista, Adam Weinstein, contratado en otro tiempo por el Pentagono para difundir informes, se declara indiferente: en WikiLeaks «no hay gran cosa, lo sé: he visto millares de documentos como estos en Irak… Muchos colaboradores nuestros han tenido acceso a esos informes (habla de los Sigcats, informes de actividades significativas, para el mando americano). En esas 92.000 noticias no hay secretos. Cada una refleja el punto de vista parcial de un autor, no una visión de conjunto. Por ejemplo, los enfrentamientos en Wanat, en 2008, con un alto número de soldados afganos muertos y mayor número de muertos civiles, además de nueve paracaidistas americanos muertos y 27 heridos». Los informes de WikiLeaks no son relevantes si se comparan con los procedentes de las familias de los caídos afganos, admitidos por los jueces militares americanos. Solo dos clases de noticias, leemos en Le Monde, pueden tener interés: las directivas estratégicas enviadas por los cuarteles generales americanos a los comandantes sobre el terreno; y los Key leaders engagements, acuerdos entre responsables militares americanos y jefes locales afganos, sobre todo pashtunes. De estos últimos, solo hay 16 entre las 92.000 textos
Quizás el presidente Hamid Karzai haya exagerado al considerar los documentos altamente comprometedores. Karzai parece poco inclinado a la difusión de noticias sobre lo que de verdad ocurre en Afganistán. Pero en medio de millares de noticias sin especial valor hay alguna de mucho interés. Ejemplo, el uso por los insurgentes afganos de misiles tierra-aire, con el derribo de un helicóptero americano.
Que en el año 2010 el mando de un ejército extranjero utilice todos los medios a su alcance, incluidos los lícitos, para enmascarar la realidad es algo esperable. No era necesario que WikiLeaks lo revelara. En cambio, los papeles del Pentágono sobre la guerra de Vietnam en 1964-69 eran, estos sí, una verdadera bomba. La Casa Blanca de Lyndon Johnson o de Richard Nixon sabía imposible la victoria: pero prolongaba la guerra en busca de una salida a la trampa en que Estados Unidos había caído. Hoy el escenario es otro. En Afganistán nadie ha demostrado que sea imposible lograr unas honorables tablas. Julian Assange, patrón de WikiLeaks, se presenta en la red como un campeón de la transparencia. Pero toda moneda tiene su reverso. Para otros es alguien que obtiene su beneficio económico denunciando afganos. También americanos, alemanes, británicos o españoles.
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