Uno de los personajes de la novela «El último encuentro», de Sandor Marai, decía que la amistad es un servicio y que el amigo no espera ninguna recompensa, ni idealiza a la persona a la que brinda amistad, porque conoce sus defectos y la acepta así, con todas sus consecuencias.
Tal vez aleccionado por ideas tan nobles, José Luis Rodríguez Zapatero viajó a Marruecos y ofreció su amistad a Mohamed VI, incluso cuando éste se hallaba en plena pelea con el Gobierno de José María Aznar. El gesto lo consideraron muchos de dudosa honestidad para el momento, pero, desde luego, el encuentro, aunque no fue en Casablanca, sí supuso el comienzo de una hermosa amistad.
Con Moratinos como baluarte, Zapatero se decantó claramente del lado marroquí en el conflicto del Sahara, que pensaba ingenuamente resolver en seis meses. Todo fueron facilidades para Rabat, incluidos los apoyos para una relación privilegiada con Europa.
Desde hace algunos meses, sin embargo, Zapatero ha comenzado a descubrir que el amigo tiene algunos defectos y sus actuaciones bastantes efectos, que no son nada positivos. Al «caso Aminetu Haidar» del pasado mes de diciembre, se une la ofensiva de los últimos días, para la que el Gobierno —perplejo— no encuentra explicación alguna.
Quizás haya que recordar que Marruecos tiene una especial habilidad para sacar réditos de España cuando ve signos de debilidad en sus gobiernos. Pero, en cualquier caso, ¿de qué han servido tantos halagos y expresiones de amistad y buena vecindad? Se supone que entre amigos las cosas se dicen con claridad, pero, por lo visto, no es así en este caso, hasta el punto de que para saber qué es lo que puede estar buscando Mohamed VI, Zapatero ha tenido que recurrir a Don Juan Carlos.



