LA UNIÓN (MURCIA)
Si el cantaor Miguel Poveda levanta pasiones flamencas por donde quiera que vaya, que no será en La Unión. Desde aquí despegó profesionalmente una noche de agosto de 1993 al ganar con 19 años «La Lámpara minera».
Anoche, diecisiete años después,Poveda llegó como «tsunami» flamenco, con ganas de armar la marimorena, y estuvo sencillamente cumbre. En su espectáculo «Sin Fronteras», un hermanamiento entre Barcelona y Jérez, nos presenta lo que podría ser una fiesta en directo desde un «colmao» donde nos encontramos con unas mesas, unas sillas, y unas botellas de vino, a las que se suman el cantaor y los palmeros y tres invitados de lujo jerezano: el cantaor Luis El Zambo, el guitarrista Moraito Chico y el bailaor Andrés Peña. Y comienza la fiesta cantando El Zambo por bulerías al compás. A lo grande empezó su actuación con la minera que aprendió del gran Pencho Cros: «Se oye un grito en el rugío/ Dios mío ten compasión/ que un barreno a crujío/ ay, y no tengo salvación», y se escucharon los primeros murmullos de admiración, le acompañaba a la guitarra su paisano Juan Ramón Caro, con él paso en el tren en su viaje a La Unión, ensayando, dale que te pego a la minera, aquella día que se dirigía a su triunfal noche del 1993. Bendita noche la de aquel día, y esplendorosa la del otro lunes. A esa minera grande, le siguió la Levantica, con la guitarra de Chicuelo, y unos cantes abandolaos con las dos guitarras al alimón. Poveda ya había destapado el tarro de las esencias. Los números se iban sucediendo unos a otros sin interrupciones, ahora le llegaba el turno al bailaor Andrés Peña que estaba solemne por soleá. Y de nuevo Poveda, concentrado en sí mismo, con otra ración exquisita de cantes mineros, por cartageneras, y tarantas conseguía elevar la temperatura.
Bulerías de la borrachera
Después de los martinetes todos se saludaban y se daban abrazos y brindaban como si
estuvieran en la reunión de Los juncales. La fiesta arrancaba con las bulerías de la borrachera y continuaba con unos tangos de Triana, alegres y luminosos, en los que para rematar Poveda se echaba su primer baile. El siguiente cuadro lo pintaba el bailaor Andrés por cantiñas con pureza y esencia, con el cante de Poveda. Antes ya de dar paso final a la parte festera, en mitad de la noche, Luis Zambo, dejaba una escalofriante siguiriya con la guitarra de Moraito. El largo fin de fiesta comenzaba con las bulerías de la Lola, y comenzaban a jalearse con el ritmo de los palmeros, vaya tela, la de Luis Cantarote y Carlos Grilo. Al centro del escenario salía de nuevo Andrés Peña para hacer una gran faena con su zapateao, muy aplaudido por el público, en esos momentos Moraito, espetaba: «soniquete, eso se llama esto, señores». El zapateao servía como introducción a las bulerías del final del espectáculo.
Sin embargo, el respetable quería más y más y más le dieron Poveda y El Zambo por ritmo de bulerías. Con el público puesto en pie se retiraron y el reclamo de las palmas que no cesaban y que pedían la propina, les hizo salir de nuevo a las tablas con más brío: Comenzaba propiamente la guasa, en la que todos tienen que bailar, hasta que llegó el Moraito que se fue calentando dejando la gracia y la esencia de la estirpe de Los Moraos. Poveda terminó cantando, uno de sus temas populares, «Alfileres de colores», que le quiso dedicar al cantaor Arcángel, que se encontraba en el recinto.



