Hace unos años, durante una visita al monasterio de Carboeiro, me asaltaron pensamientos no muy diferentes a los del volteriano conde de Volney ante las ruinas de Palmira. Las sociedades cambian y a veces con el paso del tiempo se ven deshabitadas de creencias, mitos o ritos. Amortiguados los sonidos de debates y teologías hasta hacerse inaudibles, como libros escritos en lenguas desconocidas quedan restos que, igual que le sucedía al reino de Fantasía de «La Historia Interminable», ya no tienen nadie que les piense y van desapareciendo tragados por la arena del desierto, en las junglas inextricables, entre silvas o en el mayor de los olvidos.
Pero desde la archivolta del tímpano de Poniente uno de sus ancianos de piedra con redoma y sombrero frigio, me habló así: el estado de este monasterio no es lo que parece ni lo que piensas, sino un resultado de su karma. Este templo fue edificado por el diablo. Los condes de Deza quisieron expresar su poderío feudal disfrazado de piedad con tal fundación cedida a los monjes negros. Pero las obras no adelantaban y un siglo más tarde hubo consejo de frailes. Uno propuso vender el famoso salterio de San Cristóbal dotado con la milagrosa capacidad de alejar al demonio y emplear allí los fondos obtenidos. Pero otro propuso engañar al diablo: «Haremos que nos construya el monasterio con toda grandeza y luego a la hora de pagar, le espantamos con el salterio». Se acordó muy luego que el proponente fuera a pactar con el diablo. No fue muy difícil encontrarle, porque es sabido que suele rondar no lejos de la gente eclesiástica:
—¿Que queres?, le preguntó.
—Que nos constrúas un mosteiro digno de nós. No país non falta a pedra, e a túa habilidade é ben coñecida. As obras habémoschas pagar ben.
—¡Ah! ¡Dende logo! ¿E ti que me darás a cambio?
—Pon o prezo – respondió el intrépido monje.
—¿Tómasme por parvo? —le dijo o demo— Seiche moi ben que vós, os monxes de Carboeiro, posuídes o salterio de san Cibrán. Se hai algo que aborrezo, é precisamente ese salterio. Imaxino que, se fago un trato contigo, vós todos trataredes de me escorrentar brandindo ese libro. Non me deixarei agarrar na trampa, asegúrocho.
Pois ben, fagamos un arranxo, monxe. Hoxe é venres. Comprométome a construír o voso mosteiro de aquí a domingo pola mañá. Palabra de demo, pero esixo en contrapartida todas as almas dos que morran domingo, entre a misa maior e vésperas que non ides deixar de celebrar na vosa igrexa noviña.
Acordáronlo así monje y diablo. Cumplida la promesa, el abad dijo la primera misa.
Pero una vez pronunciado el «ite missa est», ante la sorpresa del diablo burlado, el oficiante entonó el canto de Vísperas a continuación.
Siglos más tarde el salterio milagroso fue llevado a otro lugar y el diablo aprovechó para acercarse y medio derrumbar el monasterio.
Recordaba la leyenda pese al tiempo transcurrido porque las palabras del locuaz anciano de piedra no habían dejado de impresionarme. No deja de ser raro incluso en la Galicia mágica que la iglesia sea obra del diablo. No menos extraña que lo explique un lapis antaño parlante y hoy mudo. Pero ahora el monasterio por el que tanto se interesó y abogó don Ángel del Castillo ha sido salvado de la ruina y aparece reconstruido.
Se me acerca un guía o encargado:
—¿Gústalle?
—Sí claro: este monasterio es uno de los monumentos románico-ojivales más interesantes o notables de toda Galicia.
—Eu construíno en dous días, pero pasou varios anos para rehabilitar.
—Entonces, ¿usted es…?
—Si, o demo. Son tempos difíciles, ninguén cre en min e fíxenme membro da Xunta.
*Diálogos tomados de Http://www.blogoteca.com/lendas/index.php?cod=2019.












