Una semana antes de entregar el mando a su ex ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, la prensa colombiana se ha volcado en elogios al presidente saliente, en titulares como el de «Uribe, ocho años que cambiaron la historia». Páginas enteras dedicadas a recordar los aciertos y desaciertos de un hombre, Álvaro Uribe Vélez, que deja la Presidencia con un 73% de popularidad. Y se retira como un ídolo en Colombia.
Tal vez por eso el presidente colombiano se ha permitido ser diferente en su último mes de gobierno. Sin corbata, con sombrero de campesino y botas, como un ciudadano más, los colombianos han visto fotos inusuales de un Uribe a quien se le conocía trabajando 18 horas, desplazándose cada fin de semana a pueblos remotos, estudiando, leyendo... Sin lugar a dudas, el presidente siempre ha destacado por su trabajo. Y ha obtenido resultados por ello. «Que vivas feliz en Colombia», le deseó por escrito una niña en un dibujo dedicado al presidente al que, en las últimas semanas, se ha visto con otro semblante: riendo, bailando, siendo simplemente él mismo, casi como un abuelo que intenta dejar buenos recuerdos entre sus nietos.
Y es que otro de sus aciertos es que siempre ha sabido estar cerca del pueblo, como el día en que un grupo de mujeres le llevó una serenata al Palacio de Nariño. Uribe interrumpió una importante reunión para salir a la calle, donde le recibieron al son de «Clavelitos» y con una lluvia de estas flores rojas. El presidente, al que hoy banqueros, comerciantes y ciudadanos de a pie despiden con un inmenso gracias, bailó con aquellas damas e incluso les recitó románticas poesías.
Sobre lo que siente ante tanta manifestación de afecto, Uribe ha dicho: «Hay momentos específicos de felicidad, cuando se rescata a secuestrados, cuando la tarea sale bien. Pero hay que tener una actitud constante de amor a Colombia, país por el que reconoce haber llorado muchas veces, por ejemplo, «cuando murió su mejor amigo, el ministro Juan Luis
Londoño», o «la noche en que un atentado de las FARC dejó casi 40 muertos en febrero de 2003», o cuando recibió la noticia «del asesinato a manos de la guerrilla de los diputados vallecaucanos».
Recuerdo de las «victorias»
Uribe, que fue reelegido en 2006 gracias al buen hacer de su Gabinete —85% menos de secuestros, 45% menos de homicidios, 50% menos de rebeldes e impulso de las Fuerzas Armadas—, también recuerda sus alegrías, como las victorias militares, en concreto, el rescate de la ex candidata presidencial Ingrid Betancourt.
Al hablar sobre su futuro, en el que tiene previsto volver a la Universidad, estudiar idiomas y ser abuelo, deja en el aire la posibilidad de convertirse en el próximo alcalde de Bogotá. Y mirándose las palmas de las manos, añade: «Tengo que volver a trabajar en la finca. No tengo callos».
La más feliz con este final es Lina Moreno, su esposa, la madre de sus dos hijos ya adolescentes, una mujer que siempre ha destacado por su prudencia y apoyo incondicional a Uribe. «En estos ocho años no hemos hecho otra cosa que trabajar. Y en el último mes lo único que hacemos es empacar. Y cuando uno empaca debe tener claro qué deja y qué se lleva. La rabia, el rencor o el malestar que pude haber sentido, se queda. Y me llevo el sentimiento imborrable del cariño del pueblo colombiano», se despide.








