Parece mentira, pero en época de crisis galopante, los jóvenes están volviendo su mirada a la universidad. Cuando el virus de la titulitis recorrió de punto a cabo todos los hogares de los hijos del «baby boom» y algunas generaciones posteriores, los gurús de la política educativa y el esplendor de la coyuntura económica giraron el timón a estribor pues la necesidad de los oficios era acuciante en un mercado laboral con los parados mejor formados de la historia. Magníficos ingenieros se sentían inútiles frente al goteo de una cisterna. Doctos hombres de letras eran incapaces de cambiar una cerradura. El arquitecto no iba a ninguna parte sin la cuadrilla del ladrillo.
Y así, apoyados en el estancamiento demográfico, la dichosa Selectividad y los numerus clausus empezaron a plegar velas mientras la hermana pobre de la FP se reforzaba y ganaba adeptos, como vía de inserción laboral más rápida que las clases magistrales. Con honrosas excepciones, cada verano, el estrés de la oferta y demanda de plazas se había desvanecido y se tendía a un cierto equilibrio pese a la lamentable actuación política de echarse a los escaños leyes educativas como quien se lanza abucheos y piropos en una sesión cualquiera del hemiciclo. En todo este tiempo, Andalucía ha consolidado un sistema de universidad pública con nueve centros —uno por provincia, salvo Sevilla con dos— que ha merecido todo tipo de elogios y severas críticas por su verdadero sentido y alto coste.
Pero, hete aquí que en los últimos años soplan vientos de cambio en la tendencia. El famoso plan Bolonia flexibiliza y abre el embudo con una Selectividad que, sin ir más lejos, este primer año de implantación ha aumentado el número de aprobados y solicitantes de plazas universitarias; a lo que se añade el canal discutido de acceso para aquellos jóvenes provenientes del grado superior de FP. Sólo en nuestra comunidad se han registrado cerca de 8.400 jóvenes pidiendo sitio en los aularios, un 15 por ciento más que en el curso anterior. En esta foto fija la crisis ofrece una cara y una cruz. Va calando la necesidad de volver a la titulitis o, al menos, a la formación superior como anclaje en un mercado laboral que se tambalea. La espuma de los años dorados no existe, y aquellos oficios se están desvaneciendo en una selección natural darwiniana. Es decir, la crisis tira de los jóvenes hacia la universidad, pero los cimientos de ésta se agrietan por la falta de financiación, tanto de las arcas públicas en pleno disloque del «tijeretazo», como de la correa de transmisión de las empresas, sin liquidez, fuelle y menos recursos para investigar de lo que quisieran, aunque sea ésta una de las palabras que más se nos está repitiendo como salvavidas.
Con este panorama, la Universidad de Córdoba, por ejemplo, ha optado acertadamente por la diferenciación en un «mercado» interno de oferta docente algo estrecho. El Campus de Excelencia Agroalimentaria (CeiA3) puede resultarnos, ahora mismo, un concepto lejano, algo desconocido y con buena música, pero se trata de un proyecto a medio y largo plazo liderado por el campus cordobés y vinculado a una de las actividades económicas que ha soportado algo mejor el vendaval de números rojos, con mayor arraigo en Andalucía y donde muchos jóvenes pueden encontrar su futuro.Pudiera ser esa excelencia, esa nota especializada la que permitiera a los centros universitarios parapetarse en los nuevos tiempos que están por venir. Quedarán las mejores.
En este caldo de cultivo empieza a sonar con cierta timidez el run-run de la que se ha denominado ya la primera universidad privada andaluza, que está impulsada por la Compañía de Jesús y nace de la experiencia y el buen hacer de ETEA en Córdoba: la Universidad Loyola de Andalucía. Tras dos intentos frustrados, el último de la mano del CEU bajo la nominación de Universidad Fernando III, el proyecto que pilota Gabriel Pérez Alcalá, director de ETEA, encierra una energía descomunal, un revisionismo rotundo del modelo universitario español, bañándose en las aguas norteamericanas y purificándose con las mejores experiencias de los centros universitarios jesuitas —cerca de 300 centros en todo el mundo y cuatro universidades distintas en España—. Y con una premisa clara: «primero formamos personas, y después líderes, empresarios, investigadores...».
Cuentan los más viejos de ETEA que siempre ha permanecido en el paisaje cordobés como una estancia apartada (en lo físico y mental) y preservada de la clave y componenda social, económica y política de la ciudad. Ha sabido labrar su referencia en el trabajo y el estudio de la agricultura casi con el propio tempo del campo, con la sabiduría de la tortuga —sin prisa pero sin pausa— y ha sacado al mercado grandes profesionales que hoy copan los más altos staff ejecutivos.
Loyola Andalucía es una sobresaliente vuelta de tuerca hecha desde una tierra como ésta, condenada al erial si nadie lo remedia, con un millón de parados y unas tasas de desempleo juvenil terribles.
Que un proyecto educativo quiera invertir en estos momentos 35 millones de euros, generar 300 puestos de trabajo y consolidar una universidad de excelencia en la investigación social desde ya y mirando a 2013 con un alumnado que no supere, en las más optimistas previsiones, los ocho mil universitarios; y que además tenga a Córdoba como una de sus sedes junto a Sevilla y permita aportar su granito de arena —sin apenas incompatibilidades con el sistema público por otra parte— a la formación de la futura clase dirigente de esta comunidad autónoma, da mucho que pensar. Sobre todo, cuando algunos estudios apuntan que fuera de Andalucía hay unos 15.000 jóvenes de esta tierra que han preferido buscar su formación superior en otras universidades. Quince mil potenciales talentos de una masa crítica de recursos humanos que sigue desangrándose.



