El 14 de julio de 1986 Santiago Busqué era uno de los jóvenes guardias civiles ocupantes del microbús que, a su paso por la Plaza de la República Dominicana, de Madrid, un potente coche bomba estacionado por Idoia López Riaño, «Margarita», convirtió en infierno. Doce agentes resultaron muertos y otros muchos heridos de diversa gravedad. Veinticuatro años después, la sanguinaria pistolera del «comando Madrid» esgrime su «derecho» a abandonar ETA con la esperanza de acortar su vida entre rejas o, al menos, hacerla más llevadera. Veinticuatro años después, Santiago, como tantos otros, sigue con las secuelas de haber visto rondar la muerte muy cerca, sin opción a desmarcarse definitivamente de ellas.
«Idoia López Riaño no me ha llamado ni se ha dirigido a mí por carta para pedirme perdón», comenta decepcionado Santiago por el traslado de la etarra a la cárcel alavesa de Nanclares de Oca. «La verdad que a mí no me hubiera servido de nada, no hubiera mitigado el daño que me ha causado y, sobre todo, el dolor que siento por mis doce compañeros asesinados. Pero, si hubiera pedido expresamente perdón, al menos habría cumplido un requisito legal para disfrutar de beneficios».
Ojos de serpiente
Santiago está convencido de que «Margarita», como otros etarras que supuestamente se han desmarcado de la banda, no es sincera. «Me gustaría poder mirarla a los ojos para comprobar que miente. Pero ella nunca se atreverá a hacerlo, porque es una cobarde. ¿Cómo una etarra va a mirar a los ojos de una víctima después, si cuando asesinan lo hacen por la espalda o a distancia, porque no se atreven a ir de frente?». «Yo, en cambio, —prosigue— en el caso de tener la oportunidad, le miraría friamente a esos ojos de serpiente, como en su día, con motivo de un juicio en la Audiencia Nacional, lo hice con Soares Gamboa, que agachó la cabeza. Ahora bien, aparte de mirar, no sé qué otra cosa sería yo capaz de hacer, depende el pronto del momento».
«Si me hubiera pedido perdón no hubiera paliado el daño, pero sí cumplido con la ley»
A Santiago no le sirve que el Gobierno alegue que «Margarita» va a seguir en primer grado y que simplemente se le ha trasladado al País Vasco. «Qué más me da que le concedan uno, dos o tres beneficios. A una asesina no se le tiene que dar ninguno», denuncia. «Entiendo que alguien que ha causado la muerte de alguna persona en un accidente puede tener derecho a pedir perdón, porque se supone que ha sido involuntario. Otra cosa es que la víctima se lo conceda. Pero los terroristas de ETA saben muy bien la matanza que pueden causar cuando aprietan el botón de un mando a distancia para hacer estallar un coche bomba, o cuando disparaban a discreción en la nuca y a bocajarro. Ya por esto no merecen el perdón pero es que, además, tras cometer una salvajada han reincidido hasta que las Fuerzas de Seguridad les han puesto a buen recaudo. Arrepentirse supuestamente cuando llevas ya años en la cárcel no tiene mérito», asegura contundente. De todas formas, «no creo en el arrepentimiento sincero de estos terroristas. Sobre todo en el arrepentimiento de aquellos que como López Riaño derramaron tanta sangre en aquellos años de plomo, en la década de los setenta u ochenta. Estaban sometidos a un fuerte adoctrinamiento, no como los etarras de última generación, y es muy difícil que gente así cambie, aunque sea con el transcurso de los años».
«Haría de todo para acabar con el terror, menos ir contra la dignidad de las víctimas»
Y mientras Idoia López Riaño está ya cerca de los suyos, Santiago tiene que convivir con las secuelas que le dejó su injusto paso en vida por el infierno. «Continuamente me vuelven recuerdos horribles, no puedo coger una infección en los oídos porque me quedaría sordo y soy incapaz de subir a un autobús en una gran ciudad».




