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La voz de los otros

El 28% de las novedades que se publican en España son traducciones, cifra muy superior a la de países de nuestro entorno

Día 31/07/2010 - 11.08h
Amediados de los años cincuenta, Carl Hanser Verlag, uno de los más influyentes editores del momento, buscaba en Iberoamérica autores para el mercado alemán. La escritora y académica Mariana Frenk le había hecho llegar unas páginas de Pedro Páramo, novela que Rulfo había publicado ya en México, y que fue aceptada de inmediato. Frenk trabajó afanosamente en la traducción, no sin algún altercado –hubo que cambiar algunos nombres que podían sonar extraños–, y la aparición del libro, en 1958, significó el éxito ya imparable de la novela y el unánime reconocimiento de su autor.
No es la primera vez que una traducción contribuye, de forma decisiva, al despegue de una obra: la publicación en 1957 de la versión italiana de Doctor Zhivago, de Pasternak; la traducción al francés, en 1968, de El mundo alucinante, de Reinaldo Arenas; o las célebres Mémoires de Casanova, publicadas originariamente en alemán, son ejemplos de títulos que alcanzaron celebridad en un idioma distinto a aquel en el que fueron escritos. Volviendo a Rulfo, cuando en 1959 se editó la versión inglesa de Pedro Páramo parece que el traductor, Lysander Kemp, le confesó que había omitido algunos pasajes difíciles del original. No era raro.
En aquellos años multitud de escritores tenían que malvivir de traducciones, a veces con un conocimiento sólo superficial de la lengua de origen, y durante un tiempo fueron habituales las interpretaciones erróneas, las supresiones, como la mencionada o, lo que resulta más insólito, los añadidos. Como aquel párrafo que negó haber colado Borges en su traducción de Hydriotaphia, de sir Thomas Browne, y que sugirió que tal vez fuera responsabilidad de Bioy Casares. El tono, la música «En España, en los años sesenta todavía era normal que los editores se pasaran por las facultades de Filosofía y Clásicas, buscando alumnos con conocimientos de idiomas –recuerda María Teresa Gallego, presidenta de ACE-Traductores, la asociación profesional–. Y proponían traducir libros que repartían entre seis o siete estudiantes, a tantos folios, sin buscar una mínima unidad de estilo. Todo eso, naturalmente, ha cambiado.»
Según datos del Libro Blanco de la Traducción, que se presentará el próximo mes de septiembre, se calcula que en España un 28 por ciento de las novedades que se publican anualmente son traducciones. Una cifra muy superior a la de otros países de nuestro entorno: en Francia la relación es sólo del 14 por ciento; en Alemania, del 7 por ciento, y en el Reino Unido, poco más de un 3 por ciento. No es el único indicador, pero del número de libros traducidos se desprende el interés de los lectores por literaturas en otros idiomas.
«El traductor, como escribió Thomas Bernhard, es un imitador; tiene que imitar la voz de aquel a quien traduce –señala Miguel Sáenz, Premio Nacional por el conjunto de su obra en 1991–. Y esa imitación, esa adaptación a la voz de otro es algo sobre lo que se ha teorizado mucho, pero que en realidad se vive con mucha naturalidad: la música, el tono del autor es algo que acabas por interiorizar. Es obvio que cuando traduzco a Günter Grass no escribo igual que cuando traduzco a Thomas Bernhard, pero no soy consciente de estar utilizando un lenguaje distinto.» Así, hay traductores que se han convertido en «la voz» de sus autores, a quienes traducen habitualmente: Benito Gómez y Paul Auster; Ramón Sánchez Lizarralde e Ismaíl Kadaré, Rafael Carpintero y Orhan Pamuk…
Conocer al autor, tener acceso a sus opiniones permite una mayor fidelidad al texto. No siempre es posible. Marguerite Yourcenar contaba con frecuencia su visita a Virginia Woolf, de quien tradujo Las olas, y la profunda indiferencia con que la trató: «Haga usted lo que quiera», le dijo. Sin embargo, Yourcenar se ocupaba de supervisar sus traducciones, sobre todo aquellas a idiomas que hablaba. Llega un forastero También es conocido el interés de Günter Grass por las distintas versiones de sus obras, hasta el punto de organizar un encuentro con sus traductores cada vez que publica un nuevo libro, o el de Jonathan Littell, el escurridizo autor francés, siempre dispuesto, sin embargo, a atender dudas.
En el otro extremo estaba Marguerite Duras, extremadamente reacia a conversar con sus traductores, con quienes únicamente se comunicaba a través de su editor, Gallimard, y casi siempre a regañadientes. «Cuando lees la traducción de un libro tuyo es como el resultado de la visita que te ha hecho un forastero, algo que causa al tiempo extrañeza y fascinación –reconoce Luis Mateo Díez, cuya obra ha sido vertida al francés, italiano, inglés, polaco o húngaro, entre otros idiomas–. Y ese lugar ajeno que es otra lengua te permite adentrarte en la parte verbal, sintáctica, del libro, y ser consciente de aspectos que normalmente se te escapan en tu propio idioma.»
Porque hay una parte de la traducción también reveladora, y que, en ocasiones, permite redescubrir a un autor. Ocurrió con la traducción de Los Buddenbrook, de Isabel García Adánez, que mostró un nuevo Thomas Mann, igual que la versión de Lydia Kúper de Guerra y paz sirvió para revisitar a Tolstói, y la monumental versión de A la busca del tiempo perdido, de Mauro Armiño, volvió a situar a Proust en las listas de autores más vendidos. «Si todas las obras literarias se merecen el respeto del traductor, hay manuscritos con los que adquieres un compromiso mayor –asegura Marta Rebón, traductora de Vida y destino, de Vasili Grossman, cuya reedición significó un inesperado éxito editorial–. En mi carrera como traductora, pero podría decir también en mi experiencia vital, Vida y destino marcó un antes y un después; desde las primeras páginas de este libro eres consciente del legado que representa, del compromiso humano que hay detrás de cada palabra y de lo imborrable de este texto cargado de vida, dolor y humanismo. Mientras lo traducía me parecía oír la voz de Grossman, algo que no pasa muy a menudo.»
Al final tal vez se imponga la convicción de Walter Benjamin, quien afirmaba que cada traducción proyecta una nueva luz sobre la obra, un hallazgo, de modo que pasaría a formar también parte del libro.
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