Sociedad

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Los últimos del Puerto

Aún hay pastores que suben a las cumbres con sus rebaños para alimentarlos con pastos frescos hasta la llegada de las nieves. En los Picos de Europa perviven algunos de ellos

Día 30/07/2010
FOTOS: JUAN CARLOS ROMÁN
El pastoreo es una ciencia. Pese a que hoy en día se tiene por un oficio denostado, para llegar a ser pastor es preciso poseer unos conocimientos muy específicos, transmitidos entre generaciones, y una singular capacidad de adaptación a un medio hostil: desde la forma de caminar por la montaña hasta interpretar los indicios para pronosticar el tiempo que en la alta montaña cambian con rapidez, pasando por orientarse entre una espesa niebla o saber lo que está haciendo el ganado por el sonido de sus cencerros. Las cabañas y los quesos son las actuales señas de identidad de un oficio en decadencia. Los pastores reivindican su tarea centenaria y se postulan como los auténticos defensores del medio rural. «Sabemos plantar fresnos, recuperar pastizales, evitar la proliferación de matorral e incendios y ayudar a conservar los bosques. Y queremos seguir haciéndolo en el futuro», plantearon en un manifiesto por la mejora de las condiciones de vida de los pastores de Picos de Europa hace unos años. Su tarea fue reconocida en 1994 por la Fundación Príncipe de Asturias.
Dos figuras caminan encorvadas junto a los prados verdes que bordean el lago Ercina, en el corazón del Parque Nacional de Picos de Europa. Se alejan del estrépito del turismo, de la algarabia de gritos y cámaras digitales. La mujer, Amalia Menéndez Estrada, de 78 años, carga con dos capazos llenos de patatas que cubre con las páginas de esquelas de «El Comercio». Su marido, Eloy Caso Blanco (83), antiguo guarda mayor del parque, acarrea unas lechugas y, a la espalda, una vieja mochila Altus repleta de avíos para el hogar de montaña.
Su hogar es una cabaña de piedra construida en 1944. En ella pasará Amalia cinco meses al cuidado de las 66 vacas y de los 20 terneros que pastan en libertad en el Puerto, como llaman los pastores a estas tierras altas del parque nacional. Ellos son una excepción gloriosa y memorable en este paraje, coto ahora de montañeros y excursionistas.
Amalia nos invita a entrar en su majada, en lo que ha sido su hogar durante los últimos 60 años. No hay agua corriente, ni luz, ni aseo... Hay unos cuantos pucheros y sartenes, harina de maíz para hacer tortas, tarros con fabes verdales, frijoles rubios y garbanzos, un brillo de cucharas, platos y cacharros, una mesita con su mantel de hule y un pequeño contenedor de plástico con las medicinas de la mujer. En una repisa se secan cinco quesucos de Gamoneu. «Ese queso es nuestro seguro de vejez», suspira. La única concesión a la coquetería es un antiguo bote de crema Atrix que Amalia ha situado en una peana de madera.
En la cama con Don Pelayo
En invierno, Amalia y su esposo viven en un pueblito llamado El Cueto de Abamia. Ríe Amalia cuando cuenta que duermen en la mismísima casa del rey Pelayo y de su mujer Gaudiosa, una vivienda «muy antigüísima» que han ido acomodando gracias a las economías y privaciones del Puerto. «¿Entretenimiento? Ninguno, nada... no tenemos ni radio. Aquí hay que trabajar y trabajar. Siempre hay que hacer algo, ir a ver a las vacas o a las cabritas, a por leña que es muy necesaria para ahumar el queso... Aquí no puede cortarse ni una rama, pero sí podemos coger lo que ha tirado el viento». Amalia habla de sus vacas, de la Galana, la Romera, la Capitana y la Princesa, nombres hermosos para estos bichos rubios de grandes ubres y culatas huesudas. Luego reflexiona y protesta: tantas y tantas penurias cada vez le salen menos a cuenta. «Yo nunca fui a cenar a ningún sitio por ahorrar la perruca. Los terneros valen muy poco. Vendimos tres por 16.000 duros. Y eso no es dinero».
Cada primavera, en una costumbre milenaria, los pastores y ganaderos de los concejos de Amieva, Cabrales, Cangas, Onís, Peñamellera Alta y Peñamellera Baja, subían a los puertos conduciendo sus rebaños. «Y no bajaban hasta que les echaba la nieve», explica Pablo Martino, guía de Picos. Hace años, trepaban más de un centenar: familias completas, padres con sus guajes recién salidos de la escuela.
«Los va a echar la vida»
Y, a medida que se agotaban los pastos, los pastores subían a las distintas majadas distribuidas entre los valles. Hoy apenas son ocho los pastores que se reparten entre las casucas de Humartini, Fana, Belbín, Vega Maor, la Tenerosa... «Esto se acaba. Si no los echa el lobo, los va a echar la vida», se lamenta Martino.
Alan Larrea Martínez, de 25 años y camarero en Lugones, era uno de aquellos guajes que acompañaban al padre a los pastos de primavera. «Arriba no tenía con quien jugar. Echábamos partidas de cartas, a la escoba y a la brisca, y me entretenía con los cuadernillos de vacaciones de Santillana. Con mi padre acababa roto y hasta las “oreyas” de barro. Entonces no quería subir y ahora no veo el día de volver al Puerto», suspira. Alan y un par de colegas han pasado unos días en la vieja cabaña y visitan a Amalia.
La trashumancia no provoca ya aquel tráfico de hombres y bestias que ascendían a las montañas cuando los días se iban haciendo más largos: conducían gallinas y cerdos para su sustento, caballerías abarrotadas de aperos y alimentos y cientos de cabezas de ganado. Hoy, las vacas suben el 25 de abril y, las ovejas y cabras, el 1 de junio. Con sus leches se elaboran los quesos de Cabrales y Gamoneu.
José Antonio Suero, 67 años, es uno de los pastores veteranos. Sube al puerto desde que tenía 6 años. «¿Cambios en el Puerto? Por los lobos, lo primero —dice—. Aquí, y no ofendiendo si lo son, los ecologistas están acabando con la ganadería. Había seis mil y pico ovejas hace 20 años, antes de que nos metieran el lobo. ¿Mi vida? No me aburro.Estoy jubilado y llevo la misma vida que con 40 años», sonríe. «¿Duro? Estoy adaptado y no pongo pega. Los primeros días estoy como loco por ver la tele y tener algo de bulla... pero se me pasa pronto. Lo peor son las mojaduras y pelear con la nieve. Aquí estoy siempre entretenido. El queso tiene su hora», dice.
José Antonio abre la puerta de la cabaña, que rebosa del humo de haya con la que cura sus grandes quesos de Gamoneu. «El queso es lo único que nos vale. Está muy bien pagado. A 35 y 40 euros el kilo». Suero produce hasta 500 kilos en una campaña.
Agarra su palo el pastor, carga con un zurrón y se pone en marcha. Tiene un par de horas de camino hasta llegar a la Aliseda, donde pasta un rebaño. Siempre cuesta arriba. Luego volverá a mecer las cabras, como hacían sus antepasados. «Pero esto se acaba con nosotros. Aquí ha habido hasta cursos de pastores... ¡Menuda merienda de negros! Pero no se engancha nadie».
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