Se deduce que sin ninguna intención, la rueda de prensa oficial que cada jueves ofrece la FIA con un puñado de pilotos que suben al estrado como si se tratara de una cumbre de políticos —la clásica imagen de las banderitas del país de turno y los auriculares para escuchar la traducción— tuvo en Hungría como invitados a Rubens Barrichello, Heikki Kovalainen, Felipe Massa, Robert Kubica y Sakon Yamamoto. De estos cinco, los dos últimos pintaban más bien poquito. Yamamoto, simplemente, pasaba por ahí, y Kubica estaba invitado ya que en Hungaroring se siente como en casa ante la afluencia masiva de polacos. Los tres primeros, por contra, son pilotos obedientes y todos, los tres, han tenido que acatar en algún momento órdenes de equipo, tan debatidas en la actualidad aunque existan desde que se inventara este deporte.
Barrichello fue el guardaespaldas de Schumacher cuando vestían de rojo pasión —aquella imagen lamentable en Austria, dejándole pasar en la línea de meta, obligó a modificar el reglamento— y Kovalainen, obligado por los superiores de McLaren para beneficiar al niño bonito de la casa, echó una manita a Hamilton para que ganara el campeonato de 2008. Todavía expuesta a las tertulias la victoria de Fernando Alonso en Hockenheim, ayer habló precisamente Massa en el circuito en el que casi pierde la vida hace justo un año y lanzó un mensaje rotundo: aunque trabaje para una empresa, dijo el domingo pasado, no se volverá a repetir una situación similar.
Lo afirma sin dobleces Massa, principal encargado de alimentar las sospechas con su condescendencia en la pista después de que la radio le dejara las cosas bien claras, con su apática y deprimente actuación en el podio y con sus respuestas escuetas e intencionadas ante la avalancha de los hirientes medios británicos. Acostumbrado a vivir siempre en el segundo plano de Ferrari, fiel escudero de Michael Schumacher y luego de Kimi Raikkonen —el finlandés ganó el Mundial en 2007 después de una parada en boxes a ritmo de tortuga del brasileño, que iba por delante—, ahora se rebela y suelta una manida frase que se repite en cada garaje de la parrilla: «En el momento en el que digan que soy el segundo piloto, no correré nunca más», soltó desafiante. Casualmente, la expresión la emplean los que no se sienten primeros volantes en sus escuderías.
Como la prohibición está de moda, en Ferrari pretendían que no se dijera ni pío de lo ocurrido en Hockenheim. Es el tema estrella del paddock, la comidilla para mantener alegre este renacido Mundial que echa el cierre por vacaciones, sal y pimienta que convierten el resurgir de Ferrari en una noticia más trascendental si cabe. Y encima, Massa ante las cámaras. ¿Qué pasaría si aquí se ve en la misma tesitura?, se pregunta la gente después de que el paulista diera una lección gratuita de profesionalidad y lealtad a unos colores.
El discurso, a tenor de sus palabras, ha cambiado un poco. «Si el domingo me encuentro en la misma situación que en Alemania, ganaré, lucharé por la victoria aquí, seas cuales sean las condiciones. Hemos hablado en el equipo y yo no estoy aquí para correr, sino para ganar, es lo que pienso. Mientras esté en condiciones de ganar tengo que llegar hasta el fin, luchar por la victoria. Soy un profesional, trabajo para el equipo y todos comprenden mi punto de vista», sentenció en lo que vino a ser una reivindicación de su orgullo, dañado al ver cómo le privaban de la gloria.
Pastel para Alonso
Se la llevó Fernando Alonso, que ayer cumplía 29 años y fue homenajeado con una tarta en el campamento base de Ferrari. El asturiano se sube al Mundial, a 34 puntos de Lewis Hamilton, y lidia mejor que nadie estos conflictos mediáticos: «Por supuesto que no me afecta, si perdemos un uno por ciento de nuestra concentración en lo que dicen, estaríamos perdidos». Ya piensa en lo que se le viene encima y en sus cuentas está previsto recortar puntos este fin de semana. En Hungría, en 2003, empezó todo.




