Existen dos tipos de viajero. El que atiende a la toponimia de los prejuicios y el que escudriña los meandros y estaciones del trayecto.
Paul Theroux
pertenece al segundo grupo: siempre prefirió el tren. Hace tres décadas lo demostró en El gran bazar del ferrocarril y El viejo expreso de la Patagonia, títulos imprescindibles a los que añadió En el Gallo de Hierro: viajes en tren por China, The Happy Isles of Oceania y Las columnas de Hércules.
De aquellos viajes reunió efectos personales que inventarió en Mi otra vida: un samovar abollado de Moscú, una pipa de espuma de Estambul, un cráneo humano que se abría con una bisagra, una púa de puercoespín de Sri Lanka... ¿Souvenirs? Nada de eso, aunque lo parezca. No encontrarán crítico más acerbo de la literatura viajera que Theroux: «La mayoría de los escritos de viajes son la forma más vil de las conclusiones precipitadas», advierte. Para evitar ese ritmo de telefilme con secuencias previsibles, en 2003 el escritor volvió al ferrocarril para revisar su viaje de 1973: tomó el Tren fantasma a la Estrella de Oriente. La música del azar y la observación longue durée se imponían al afán de hablar de todo a la vez. Mirar sin ser visto, el papel del espectro. Volver sobre los pasos: el reto del tango. ¿Qué viajeros fueron capaces de hacer el mismo viaje?, se pregunta. No lo hizo Greene, ni Waugh, ni Burton, ni Darwin, y Conrad aborrecerá volver a navegar. Luego se vive –se viaja– solamente una vez: «Chatwin nunca regresó a la Patagonia, ni Doughty a su Arabia Deserta, ni Wallace al Archipiélago de Malasia, ni Waterton al Amazonas, ni Trollope a las Antillas, ni Edward Lear a Córcega, ni Stevenson a los Cévennes, ni Chejov a Sajalin, ni Gide al Congo, ni Canetti a Marrakech, ni Jack London a las islas Salomón, ni Mark Twain a Hawai…».
Volvamos al tango: «Pero el viajero que huye…». En El gran bazar del ferrocarril de los setenta no hay móvil, ni Blackberry; telegramas, postales y teléfonos fijos dificultan el contacto con los seres queridos que, se supone, aguardan al viajero. A su retorno, Theroux descubrió que su mujer tenía un amante y asumió su condición espectral, tan útil para el viaje. ¿Normas? Huir de las clases preferentes: «El lujo es enemigo de la observación, una costosa complacencia que induce en uno tan buenos sentimientos que termina por no fijarse en nada». Un tren traqueteando por Georgia o la India enseña que «viajar significa vivir entre desconocidos, entre sus malos olores característicos, sus perfumes agrios, comiendo con ellos, escuchando sus dramas personales…». Conviene mantener rutinas civilizadas: «Seguir siendo una persona racional, hallando los modos de pasar el día y de esclarecerse, rehuyendo los peligros, alejándose de las complicaciones e inmerso además en lo autobiográfico, escribiendo en mi diario todo lo necesario para recordar, reflexionando sobre el lugar en que me encuentro y sobre lo que estoy haciendo». ¿El objeto del viaje? Una forma de autobiografía.
VERNE A CONTRAPELO. Pero Theroux no es el único escritor viajero (y viceversa). Aunque pasó a la Historia por sus viajes extraordinarios, Julio Verne comenzó su andadura entre epifanías de lo vulgar. Admirador de Walter Scott, quería conocer los paisajes de Ivanhoe. En 1859 se embarcó con su amigo Hignard en un Viaje a contrapelo por Inglaterra y Escocia (Nórdica). Un libro que durmió el sueño de los justos hasta 1989, cuando salió a la luz en Francia. Una visión poco visionaria: Verne es tan capaz de loar los ferrocarriles ingleses como de subrayar la mortandad del maquinismo y los barrios fabriles donde «se pudría la clase obrera».
MÁQUINA DEL TIEMPO. Si Scott propulsó a Verne hacia las highlands, Zbigniew Herbert atraviesa ciudades, museos y ruinas cual viajero del tiempo. Su pasión por Piero della Francesca le impele a recorrer el Mediodía francés y la Toscana. En Un bárbaro en el jardín (Acantilado) se reconoce europeo en las pinturas de Lascaux, las columnas dóricas y el gótico que erigió ochenta catedrales entre los siglos XI y XVI. El poeta y ensayista polaco prefiere la Historia al diario personal que produce «una letanía de adjetivos y de exaltación estética».
DESPERTAR MEXICANO. El neurólogo Oliver Sacks sintió siempre devoción por los viajes de naturalistas como Wallace, Bates, Darwin o Humboldt. El autor de Despertares pone rumbo a México con la Sociedad Americana del Helecho. Mientras dibuja algunas de las setecientas especies en su cuaderno de campo, escribirá su Diario de Oaxaca (RBA), amena conjugación de peripecia personal, apunte científico e Historia: «Como aquí tanto las cosas como las personas están tan saturadas de pasado, en un profundo sentido es una visita a otro tiempo».
DE PERSIA A IRÁN. A esa máquina del tiempo se subió el orientalista Alfred G. Kavanagh. Todo comenzó con un diccionario persa-francés y un lienzo del pintor alemán Anselm Kiefer que representaba un zigurat: contemplar el presente para sentir el pasado: «Persia o Irán han acaparado los titulares de los últimos cuatro mil años», escribe en Irán por dentro (Olañeta). Una cultura que no menoscaba la tumultuosa crónica de clérigos, mujeres con chador y guardianes de la Revolución. El Irán donde se adentra Kavanagh es la «tierra de los grandes estadistas y hombres de bien como Gudea, Sargon, Hammurabi o Ciro el Grande, que sentaron las bases del derecho de gentes y de las relaciones internacionales». El viaje, reencuentro civilizador. Y un proverbio persa: «Si me visitas caminando, yo acudiré a recibirte corriendo».





