UNA cosa no admite discusión: el deporte español atraviesa un momento seductor, tanto a nivel individual como de equipo, conquistando los más destacados trofeos: Roland Garros, Wimbledon, Mundial de fútbol, Tour de Francia, a los que se añaden otros de igual calibre en pistas y canchas. Y uno se pregunta: ¿cómo es posible que un país ahogado económica y políticamente pueda destacar tanto en deportes? Dicho de otra forma: ¿qué tienen nuestros deportistas que no tienen nuestros políticos?
Un tema digno de estudio y nada sencillo. Porque si el deporte fuera ese «moderno opio del pueblo» que le han llamado en círculos intelectuales, o la fachada de los regímenes totalitarios, como ocurría en los comunistas, donde las hazañas de sus atletas venían a tapar los fracasos económicos y políticos, más que de victorias hay que hablar de encubrimiento.
Pero España no es una dictadura, y si bien es verdad que los políticos gustan adornarse con los laureles de sus campeones (o de cualquier otro), las actividades deportivas tienen aquí una ancha implantación popular, siendo millones los españoles que practican un deporte u otro, aunque sólo sea el jogging. Quiero decir que no estamos ante un plan estatal y ni siquiera un ministerio propio. Tenemos, eso sí, instalaciones a todos los niveles, empezando por el municipal, que es de donde salen los chicos y chicas que luego logran los grandes triunfos de los que todos nos enorgullecemos.
Aparte de que el deporte es una actividad saludable física y mentalmente, como ya descubrieron los griegos y practican los anglosajones, en cuyas universidades las actividades deportivas tienen tanta importancia como las académicas. A ello se une que el deporte se ha hecho tan exigente que requiere la plena dedicación para destacar en cualquier de sus ramas. Ello obliga a un profesionalismo extremo, a una disciplina, aplicación, esfuerzo, voluntad, pundonor y autoestima que en los deportes de equipo se complementan con planificación, coordinación, sacrificio personal y por el compañero. Cualidades todas relevantes en el competitivo mundo moderno. Y, desde luego, bastante mejores que la cultura del «botellón», en la que ha crecido un amplio sector de nuestra juventud. ¿Cómo es posible que hayan salido tan buenos atletas en medio de esa «cultura»? Pues porque los políticos han cuidado más el botellón que los deportes, dejando a los atletas hacer su callada labor. De haber metido la mano, o la pata, en ellos, como en las cajas de ahorro o en la Justicia, a estas horas estaríamos entre los colistas. Así que, por favor, ¡no toquen el deporte y déjennos al menos disfrutar de sus triunfos!


