Alguien dijo en algún lugar que en las películas de terror dan más miedo los remakes que las nuevas filmaciones realizadas. Correcto. Desde la A hasta la S final. Sucede con «Pesadilla...», un mito de culto que, probablemente, y va por gustos, no haya sido la mayor de ellas, pero sí una de las de élite. Se debía a Robert Englund, tipo enjuto, jersey de pizzero y sombrero de espantapájaros. Creó una legión de seguidores y un estilo que rayaba entre la comedia, el miedo y la admiración.
En la recreación de este comienzo, no han estado finos. Se sabía que el gran Earle Haley, con su rostro ajado en mil arrugas, acabaría en un papel similar, pero no en Freddy. Sencillamente, no da la estatura, no artística, que sí, sino física. Haley mide 1,66 y, francamente, con una garra que es casi más grande que él no da miedo, más bien risa. No es que Englund fuera el Everest, pero tenía más enjundia y, sobre todo, origen y frescura.
La cinta, simplemente, no funciona. No hay novedades: te duermes, palmas; depende de que le convenga al guionista: te matas tú mismo en sueños o te mata él en sueños. Si vas a su terreno, chungo; si él viene al tuyo, a veces es vulnerable, a veces no. También depende de lo que convenga al guionista, aunque enrede la narración, que es un galimatías.
Pero más allá de eso, todo es pobre. La altura de Haley obliga a los demás, que también son enanos, y entre tanto pequeño: actores, directores, historia y, sobre todo, guión, sólo nos queda el Freddy más pequeño además de... pesado, muy pesado.


