La superpoblación de China no es sólo un problema para sus 1.330 millones de habitantes, sino también para sus diez millones de muertos anuales. Siguiendo la filosofía de Confucio, los chinos prefieren enterrar a sus difuntos pero, debido a la falta de espacio, el Gobierno impuso la cremación forzosa en 1991. Aunque la ley obliga a quemar los cadáveres, la mitad de los finados –sobre todo los que fallecen en el campo– son enterrados en tumbas que sus familiares cavan en sus huertos y, a falta de lápidas, señalan con montículos de arena.
En las ciudades, las familias se gastan en los servicios fúnebres una media de 10.000 yuanes (1.151 euros), sobre todo para pagar el alquiler en tumbas de un metro cuadrado o en columbarios donde reposarán las cenizas en urnas de jade o madera, que serán honradas cada mes de abril en la Fiesta de Qingming (Día de Difuntos).
Aunque los parientes quemen yuanes o dólares de mentira y coches, casas, móviles y frigoríficos de papel para que a los muertos no les falte de nada, les queda el resquemor de no haberles dado confuciana sepultura para que el difunto vuelva a la tierra.
Para que eso sea posible, una empresa española, Shengtai, comercializa unas urnas para cenizas ecológicas y biodegradables que, fabricadas con arena, adobe o cuarzo, se disuelven al cabo del tiempo y no contaminan el medioambiente como las de porcelana, hierro o jade. «Se desintegran en seis o nueve meses en tierra y en menos de una hora en el mar», explica a ABC Tutti de Cominges, directora de la compañía en Asia, donde tiene una fábrica con 30 empleados.
«En China hay 40 millones de mayores de 60 años y en 30 años serán 130 millones», calcula las posibilidades de este vasto mercado. A su juicio, «los chinos, que prefieren los enterramientos, deben cambiar su mentalidad por la falta de espacio, la contaminación y la deforestación por la tala de árboles para fabricar ataúdes o cofres de madera».
Por eso, lleva tres años proponiendo a los cementerios entierros ecológicos con las urnas biodegradables de Shengtai, patentadas e inventadas por el presidente de la firma, Xavier Miquel, después de 13 años de investigaciones. En España, donde el 25% de los fallecidos son incinerados, ya se venden 25.000 urnas y en EE.UU. otras 20.000, mientras que en China, donde cuestan 999 yuanes (115 euros), se han comercializado 10.000 en el primer año.
Para concienciar a la población sobre la necesidad de urnas ecológicas, el cementerio de Yongan, en Tianjin, ofrece los entierros gratis. Pero en esta ocasión ha prohibido a los familiares asistir a la ceremonia por el sempiterno miedo que tiene el régimen chino a las multitudes, que pueden convertirse en un riesgo potencial de protestas frente a los periodistas extranjeros que han acudido a cubrir el evento.
Kafkiano, sí, pero así funcionan las cosas en este país donde el Gobierno hasta puede decidir quién y quién no da su último adiós a sus seres queridos. Al son de una emotiva marcha funeraria, que suena machaconamente por los altavoces, los impolutos empleados del cementerio desfilan al modo militar con las urnas mientras sus compañeras los protegen con sombrillas del intenso cenital.
Casi a punto de llorar como si despidiera para siempre a un familiar, la maestra de ceremonias declama un último homenaje para las cenizas de las 281 urnas. De ellas, 251 son enterradas en hoyos excavados para aprovechar al máximo el espacio, que luego son cubiertos con un pequeño bloque circular de tierra compacta. Los otros 30 cofres son depositados en un estanque, donde se hunden mientras se sueltan unas palomas que ponen fin a este entierro ecológico.





