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«Durante años escribí como una mujer»

Gracias a «Una noche con Sabrina Love», lo suyo fue llegar y besar el santo. Pedro Mairal, una de las nuevas voces de la literatura argentina, intenta ahora repetir el éxito con «El año del desierto»

Día 22/07/2010 - 19.18h
¿Y si el día menos pensado su ciudad comenzara a desaparecer poco a poco: primero la periferia, luego los barrios más próximos, después los edificios de enfrente? ¿Se imaginan la incertidumbre, el cerco, la angustia, el caos? Pues dejen de imaginar, porque Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970), el autor de Una noche con Sabrina Love, se les ha adelantado en las páginas de El año del desierto.
Una misteriosa intemperie avanza borrando Buenos Aires y las costumbres civilizadas. ¿Esta vuelta a la barbarie es un reflejo de la eterna crisis que vive Argentina?
En la novela, tomé una situación de crisis similar a la de 2001 y la potencié hasta la destrucción total. Pero eso no significa tanto que la novela avance hacia la barbarie. Yo puse en orden cronológico (inverso) un deterioro gradual, pero muchas son situaciones que conviven hoy día en la Argentina: gente que vive la posmodernidad, otra que vive una modernidad menguante, otra que vive una Edad Media de pobreza y otra en un estado casi prehistórico. Mi novela es una exageración de algo que existe y sucede hoy, algo que se ve muy claro, por ejemplo, en las condiciones cada vez más precarias de los hospitales. En algunos aspectos se retrocede. Pero la barbarie atraviesa todos los momentos y está incluso disimulada y latente en las torres espejadas del poder financiero.
Detrás de esa intemperie que todo lo devora está también la enfermedad de su madre.
Bueno, eso es algo que descubrí después de escribir el libro. Yo creía estar escribiendo un libro que hablaba de una situación nacional y después descubrí que también hablaba indirectamente de la enfermedad de mi madre, que fue algo que avanzó gradualmente hasta enmudecerla. Es decir, que uno no sabe sobre qué está escribiendo en realidad, como dice Borges de Swift, que creía estar escribiendo una sátira política con Los viajes de Gulliver, y terminó siendo un libro para chicos.
La Historia de Argentina retrocede hacia sus orígenes. ¿Qué tipo de novela es «El año del desierto»?
Vi algunas lecturas de la novela hechas en clave de ciencia ficción, pero tengo que confesar que no es un género que me guste mucho ni del que sepa demasiado. Me gusta pensar el libro no como la Historia argentina, sino como la pesadilla de la Historia argentina sucediendo hacia atrás a toda velocidad. Y esto era algo que en 2001 sucedía realmente: los nietos de los inmigrantes italianos y españoles se iban a Europa a buscar trabajo y se convertían en emigrantes. Había una extraña sensación de rebobinado. Un día, en el lugar donde yo trabajaba, se cayó todo el sistema informático y alguien dijo «Uy, se cayó para siempre», y por un momento pareció posible: había sido bueno tener internet y mails, pero ya estaba, se había acabado. En esos años se cayó el telón pintado del Primer Mundo que nos habían querido vender y vimos que detrás estaba la tierra baldía. Es algo que tenía que suceder.
Ha definido el libro como un cuento largo. ¿Qué le falta para ser una novela?
No sé si estoy ahora tan de acuerdo con esa definición mía. Creo que la cercanía con el cuento, o con la nouvelle, la da la presencia de un solo personaje atravesando una serie de dificultades. No es una novela polifónica, pero sí tiene esa ambición de la novela total latinoamericana, que funciona como un universo cerrado, que incluye todo, desde su génesis hasta su propia destrucción.
«Nos iban a degollar o a violar o nos iba a agarrar la policía militar y nos iban a tirar al río desde un avión, atadas a un bloque de cemento», leemos. ¿La dictadura no podía dejar de estar presente?
Esa frase aparece en boca de una amiga de la protagonista, que delira su miedo en voz alta, ve la violencia acumulada. Toda la violencia interna argentina, incluyendo la dictadura, está en el libro, ovillada y compacta como antes del big bang. John Wheeler, el descubridor de los agujeros negros, dijo que el tiempo es la manera en que la naturaleza evita que todo suceda de golpe. Eso pasa de alguna manera en el libro, todo sucede de golpe.
Usted se reparte entre la novela, la poesía y el cuento. ¿Dónde se siente más cómodo?
No los siento como géneros tan separados. Incluso me gusta combinarlos. Hay poemas que se me han vuelto narrativos, que son como microrrelatos, y a la vez hay momentos en la prosa que son poemas, lo que pasa es que no están escritos en columna. Hay capítulos de novelas que pueden funcionar como cuentos, etcétera.
¿Quién es Ramón Paz?
A veces escribo con seudónimo. En un blog, durante años escribí como una mujer y nadie sabía que era yo, hasta figuro en una antología de escritoras argentinas. Tenía admiradores, hombres que me dejaban comentarios porque me querían conocer. Nunca contesté. Los seudónimos dan mucha libertad. Uno se sale de sí mismo, uno se escapa de la información de la contraportada: «Nació en tal lugar, publicó tales libros, etc». Ramón Paz es el seudónimo con el que escribí mis Pornosonetos, un libro de sonetos eróticos, donde combinaba el Siglo de Oro con el porno.
En septiembre, El Aleph publicará en España su último título, «Salvatierra». Dicen que es la novela de aventuras que hubiera podido escribir Borges.
Dicen (lo cual es improbable)... Así empieza un cuento de Borges. Mejor evitar esas comparaciones. Con Borges, como con Cortázar, no tengo conflictos ni angustia de las influencias. Como le sucede a otra gente de mi generación, lo siento como un abuelo genial que me ilumina con su inteligencia cada vez que lo leo. Los autores de mi edad, rondando los cuarenta, tienen el privilegio de no tener conflictos con Borges, ni sentir que escribimos bajo su sombra. Lo podemos disfrutar sin parricidios.
«Escribo bastante desde el temor. También desde el deseo», ha confesado.
El deseo y el temor son dos grandes fabricantes de historias que trabajan en la cabeza constantemente. Hay que aprovecharlos, anotarlos y escribirlos. Uno escribe sobre lo que le sucede, pero también sobre lo que le podría haber sucedido o sobre lo que le hubiera gustado que le sucediera. Cuando pasa la garota de Ipanema, unos la siguen para conquistarla y otros se quedan sentados, no se atreven, pero le escriben una canción; y a veces, muy pocas veces, hasta la terminan conquistando con la música.
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