El Gobierno francés ha respondido con el despliegue de unidades militares y de helicópteros dotados con sistemas de visión nocturna ante dos episodios de violencia urbana desatados este fin de semana, en la pequeña localidad de Saint Aignan —centro del país— y en Grenoble —sureste de Francia—.
No se trata de matar moscas a cañonazos. Sarkozy ha dado un puñetazo sobre la mesa, tras cinco años de episodios de disturbios urbanos, para mostrar a la opinión pública que el estado es fuerte y dispone de medios para restablecer el orden. Y voluntad de emplearlos con todas las consecuencias.
Un episodio de terrible violencia étnica —gitana— en el pueblo de Saint-Aignan (Loir-et-Cher), tras la muerte de un joven gitano de 22 años, ha provocado este despliegue de efectivos militares tras dos noches de violencia incontrolada. Según la prefectura del departamento de Loir-et-Cher, la policía intentó detener el pasado viernes por la noche a un joven gitano, Luigi Duquenet, sospechoso de haber robado 20 euros a un adolescente de 17 años que había sacado ese dinero en un cajero automático de una minúscula ciudad, Onzin, a 20 kilómetros de Blois. El joven gitano huyó en un coche, sin permiso de conducir, arrastrando a un gendarme que sufrió lesiones leves. Al final de una larga persecución, Duquenet murió de manera poco clara por los disparos de otro gendarme.
Armados con hachas
Pocas horas más tarde, varios centenares de gitanos de su mismo clan, armados con hachas y barras de hierro, saquearon la gendarmería de Saint-Aignan. Las fuerzas anti disturbios se vieron obligadas a «tomar» el pueblo, de 3.400 habitantes, la noche del domingo al lunes para restablecer el orden tras día y medio de tensiones. La gravedad de los acontecimientos, o las precauciones del Gobierno, propiciaron que unos trescientos militares apoyaran el despliegue policial.
Este episodio revoltoso en una pequeña localidad en el corazón de Francia ha coincidido en el tiempo con otro estallido de violencia, en Grenoble (sureste del país), este pasado fin de semana. Aquí, los disturbios estallaron con una violencia inesperada tras la muerte un atracador de origen magrebí, Karim Boudouda, de 27 años, detenido ya en tres ocasiones por robo a mano armada en varios supermercados. El pasado viernes volvió a delinquir por última vez. En esta ocasión atracó a mano armada junto con unos compinches el casino de Uriage, a unos diez kilómetros del barrio de Villeneuve, en las afueras de Grenoble. Una patrulla armada de las Brigadas Anti Criminalidad (BAC) se lanzó a la caza y captura del atracador, huido en un Peugeot 307. Boudouda y sus «colegas» respondieron a tiros a la persecución, atacando a los hombres de la BAC con un fusil de asalto SIG-550, el arma oficial del Ejército suizo, de muy alta precisión y con gran reputación en el estamento militar. Los tiradores de élite de la BAC mataron a Boudouda.
Sembrar el terror
La muerte del atracador cayó como una bomba en su barrio, Villeneuve. Pocas horas más tarde, una banda de una treintena de jóvenes tomaban por asalto varios tranvías, sembrando el terror con bates de béisbol y barras de hierro. La intervención expeditiva de las brigadas antidisturbios precipitó dos noches de violencia urbanas, con la quema de más de medio centenar de automóviles y un vandalismo incontrolado en varios barrios de la periferia de Grenoble.
Los ataques a tiros durante estas tres noches consecutivas a varias patrullas policiales propiciaron anoche el despliegue en la periferia de la ciudad de Grenoble de dos helicópteros dotados con sistemas de visión nocturna, con el fin de localizar a los francotiradores.
Y es que tras el estallido de la gran ola de violencia del invierno de 2005, la paz nunca se restableció completamente en los 400 o 500 guetos suburbanos franceses, donde los alcaldes denuncian, desde hace meses, una escalada de la violencia. Varios especialistas han detectado la aparición en los suburbios de la periferia parisina y otras grandes ciudades de alijos de armas ligeras, llegadas desde los Balcanes, Oriente Próximo y Afganistán.
La violencia de la criminalidad común, asociada a los tráficos de estupefacientes y armas ligeras, cohabita en algunos guetos con otras violencias de muy distinta naturaleza. La violencia étnica, entre gitanos y no gitanos, es relativamente rara en los suburbios franceses, en cambio comienzan a detectarse casos entre musulmanes de distinta sensibilidad.
En la periferia de París, en Drancy, se ha hecho célebre el caso de la mezquita donde oficia un imán contrario al uso del burka, Hassen Chalghoumi, que ha escrito un libro defendiendo el diálogo musulmán con agnósticos, católicos y judíos. El estupor por las posturas del imán desató una ola de violencia en la mezquita de Dranzy, donde las brigadas anti disturbios intervinieron en varias ocasiones para proteger al imán. Chalghoumi se ha visto forzado a renunciar a publicar su libro y alejarse temporalmente de la mezquita de Dranzy, vigilada sistemáticamente por las fuerzas de seguridad.









