Kirguistán es el tema estrella en la cumbre de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), que se celebra este fin de semana en la ciudad kazaja de Almaty. Tras el episodio de violencia interétnica desatado entre kirguises y uzbecos en las ciudades de Osh y Jalalabad el mes pasado, la OSCE ha resuelto enviar al país a 52 agentes de policía preparados especialmente para situaciones de alto riesgo como la ocurrida.
La misión de esta policía internacional consistirá en «dar apoyo y entrenamiento» a las autoridades kirguises y «devolver la confianza» de los civiles en sus fuerzas de seguridad, según ha explicado el ministro de Exteriores de Kazajstán, Kanat Saudavayev. Dichos efectivos serán enviados al sur del país y podrían ascender a más de un centenar. Una decisión respaldada por el Gobierno kirguís a través de su ministro de Asuntos Exteriores, Ruslan Kazakbaev.
Kazajstán reabrió la frontera con Kirguistán el pasado mayo
Como auspiciante de la OSCE y vecino fronterizo, Kazajstán tiene especial interés en la resolución del conflicto en Kirguistán y la pacificación del país. El pasado abril, manifestantes se enfrentaron a la policía kirguís en Bishkek, la capital del país, para exigir la dimisión del presidente, Kurmanbek Bakíev, por las malas condiciones de vida, el paro y la corrupción.
Bakiev, quién gobernaba Kirguistán desde la revolución de los Tulipanes de 2005, arremetió ferozmente contra los manifestantes, matando a 80 personas. Las protestas culminaron con el exilio de Kurmanbek Bakíev y la formación de un gobierno provisional con la opositora Rosa Otunbáyeva a la cabeza, que debe celebrar elecciones el próximo octubre. El enfrentamiento en junio entre kirguises y uzbecos en Osh y Jalalabad, bastiones de Bakíev, hizo vislumbrar el inicio de una guerra civil.
Kazajstán, el vecino modelo
La inestabilidad de Kirguistán y el miedo a que se produjera una revuelta similar en su territorio propiciaron que el Gobierno kazajo cerrara la frontera que comparten ambos países en aquel momento. Una frontera que volvió a abrir en mayo.
Kazajstán se ha convertido en abanderado de la estabilidad en Asia central, y de la promoción de los derechos humanos y el desarrollo democrático en la región. Los kazajos presumen de modelo de convivencia entre sus más de 130 grupos étnicos y 40 religiones, y la explotación de sus recursos naturales sitúa su economía como una de las principales de la zona.
Paradójicamente, el Parlamento kazajo ha proclamado una ley que permite al presidente Nursultan Nazarbayev ocupar su cargo de manera vitalicia, mientras se suceden las desapariciones entre la oposición. Sin embargo, el gas, el petróleo y el uranio lo convierten en un codiciado aliado.








