Vinokourov
Alrededor de Vinokourov hay un remolino de cámaras, gente y ruido. El kazajo tiene esos ojos que parecen no mirar a nadie. Un tipo así no llora. En eso llega Contador, su líder, y le abraza por la victoria en Revel. La roca se ablanda. Un pliegue en el rostro del kazajo. Llanto alegre. Dos años de lágrimas retenidas, los que duró su sanción por dopaje. Al soltarse de los brazos de Vinokourov, Contador se baja la gafas y enseña un par de lágrimas. Comparten emoción, maillot y objetivo: la victoria del madrileño en el Tour. Lágrimas del mismo color.
Vinokourov había dormido la noche anterior sobre una decepción. Rabiaba por la derrota del viernes ante Joaquín Rodríguez, el catalán del equipo ruso. «Le hicimos la carrera al Katusha». Los kazajos no riman con los rusos. Viejas rencillas. Aun así, Vinokourov tragó su bilis. No le gustó que Contador le pasase en la subida final a Mende, pero pasó página. Y se puso a su servicio. «Estamos aquí para ganar el Tour con Alberto».
Hubo una reunión de urgencia. Contador, Vinokourov y Martinelli, el director del Astana. La charla calmó la noche. «Mi relación con “Vino” es excelente», declaró Contador en la salida. En la meta, Vinokourov continuó el mensaje conciliador: «Este triunfo nos motivará para que Alberto recupere el maillot amarillo». Cuatro capítulos en los Pirineos.
El kazajo coceó los pedales en un pequeño puerto a 7 kilómetros de Revel. Había sido una etapa rápida, movida. Hasta Armstorng se cayó en el kilómetro cero. Cuando se movió Vinokourov, a los velocistas les pesaba el día de tanto perseguir a Flecha, Fedrigo y Chavanel. Por eso, en la cota de Saint-Ferreol, nada más moverse el árbol cayeron las hojas. Ballan, Luis León Sánchez, Barredo, Cunego... Oleaje de ataques. Y el más duro el de Vinokourov.
Sí. Pedaleó solo por los cuatro costados hasta la meta para recibir allí el abrazo de Revel, el de Contador. Tan cerca de Albi. Allí, en 2007 y también en la decimotercera etapa, Vinokourov dio positivo por transfusión sanguínea. Se había caído unos días antes, camino de Autun. Tenía martillazos por todas las rodillas. Calló su dolor. Cada mañana de aquel Tour, en secreto, se subía a un rodillo antes de las etapas. Su resurrección llegó en Albi. Victoria en la contrarreloj. Milagro. Y resultó ser un truco de sangre.
Hay muchas maneras de estar condenado. Y Vinokourov eligió el silencio. Dopaje es un palabra oculta en su diccionario. De repente, era un cadáver. Ha permanecido de pie los años de castigo en la tumba. Ayer, dos años después, regresó al lugar donde todo pareció acabar. Volvió para ganar sobre su tumba. Quiere algo más: La enseña kazaja sobre el podio del Tour. Hasta allí aupará a Contador.






