El próximo 9 de agosto, cerca de cinco millones de electores están llamados a las urnas en Ruanda. Unos comicios, destinados a dirimir la continuidad en el poder del presidente Paul Kagame, pero en los que apenas queda margen para la maniobra.
Porque cuando el vicepresidente del principal partido opositor, André Kagwa Rwisereka, es encontrado muerto a menos de tres semanas de que se celebren los comicios, y no se incluye en la lista electoral a los dos principales líderes de la resistencia, Bernard Ntaganda y Victoire Ingabire, nadie duda de que Kagame volverá a obtener unos números cercanos al 95% de los votos.
Un dictador que en estos días
se pasea por España
y al que sus amistades -pasadas y presentes- definen mejor que cualquier estudio criminológico.
El primero de ellos es Laurent Nkunda, líder de la guerrilla tutsi del Congreso Nacional para la Defensa del Pueblo (CNDP), y que fue detenido a comienzos de 2009, precisamente por sus propios aliados ruandeses.
Una paradójica captura que demuestra la reciente estrategia del Gobierno de Kigali para eliminar a testigos molestos del pasado.
Con el apoyo explícito de Kagame, el CNDP -formado por 8.000 hombres- asola desde 1998 la región congoleña del lago Kivu en su afán de evitar «el genocidio que los hutus están practicando contra los tutsis al este del Congo». Entre sus principales «méritos» se encuentran la matanza de más de 160 civiles en 2002 en la región de Kisangani, o el reclutamiento de más de 2.500 niños soldado. Un conflicto que en poco más de una década se ha cobrado la vida de más de cinco millones de personas.
Pero la relación entre Nkunda y Kagame, pese a ser conocida por la opinión pública desde hace años, no fue denunciada por la ONU hasta diciembre de 2008. En un informe realizado por cinco observadores independientes, se detallaba cómo el Gobierno de Kigali participó en «el reclutamiento de soldados, incluidos niños», así como facilitó la provisión de «equipamientos militares a los hombres de Nkunda».
Paradojicamente, tan sólo un mes después de que fuera publicado el informe, Nkunda era detenido.
Sin embargo, no resulta extraño que este lavado de la imagen pública de Kagame se haya producido en fechas tan recientes. Desde noviembre de 2008, su asesora, Rose Kabuye, se encuentra a la espera de que finalice en Francia la causa abierta por su implicación en el asesinato del ex jefe del Estado Juvenal Habyarimana; magnicidio en el que Kagame también tiene las manos cubiertas de sangre.
Curiosamente, entre la detención de Kabuye y Nkunda sólo hubo unos meses de diferencia. Las monedas de cambio, a veces, pueden tener un coste muy alto.








