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Fellini desnuda sus obsesiones

A través de 400 obras, CaixaForum Madrid recrea el circo de las ilusiones del cineasta italiano, donde despliega su fértil y apabullante imaginación

Día 14/07/2010
AGENCE ANA
Federico Fellini en el rodaje de «8 1\2»
Se le tachó de conservador y reaccionario, pero Federico Fellini fue un crítico de la modernidad. Son palabras de Vittorio Boarini, presidente de la fundación del cineasta en Rimini, quien, acompañado por Gerald Morin —presidente de la otra Fundación Fellini, ésta en Sion, Suiza—, acudió ayer a la presentación de la exposición «Federico Fellini. El circo de las ilusiones», que puede visitarse en CaixaForum Madrid hasta el 26 de diciembre. Ambos trabajaron con el director, lo conocieron muy bien, y nos cuentan anécdotas de la vida y el trabajo de uno de los clásicos del cine del siglo XX. La muestra, organizada por la Obra Social «la Caixa» y NBC Photographie, despliega las cuatro pistas del fascinante circo de las ilusiones que constituye el universo felliniano. Para abrir boca, sus obsesiones. La primera de ellas, el dibujo, su primera vocación creativa, que siempre utilizó como forma de evasión. Devoraba cómics americanos. Comenzó haciendo caricaturas para periódicos y revistas, de los que hay ejemplos en la exposición. Cuentan que hacía caricaturas de actores a cambio de entrar gratis al cine. Ya apuntaba maneras.
A Fellini parecía importarle todo. Es como si se colocara tras una puerta y mirara por el agujero de una cerradura para ver qué sucedía detrás, entre bambalinas. Le gustaba el jazz y el rock, que Fellini incluye en títulos como «La ciudad de las mujeres», «Ginger y Fred» o «La Dolce Vita», donde canta y baila un desconocido Adriano Celentano y Anita Ekberg pide un rock en el club Caracalla's. También le interesaba la comida. Fellini solía sentarse en la terraza de las numerosas trattorias que hay en Roma para observar cómo engullían espaguetis los comensales. Entre sus mayores obsesiones, el circo. Siempre le fascinaron los saltimbanquis, los clowns, el music hall... Hasta el punto de que se fugó para seguir a una caravana de circo. Para él, «la carpa era como una fábrica de prodigios». ¿Quién no recuerda a Giulietta Masina y Anthony Quinn en «La Strada»? Al igual que le ocurrió a Chaplin (a quien CaixaForum dedicó otra gran exposición), Fellini fue capaz de transformar el espectáculo más arcaico —el circo, el teatro callejero— en el más moderno —el cine—. «La esencia de la comedia —decía el cineasta— la aprendí en los cómics y en el circo».
Magnificó la realidad
Todo lo relacionado con la cultura popular interesaba a Fellini. Magnificó la realidad, de ahí su popularidad. Para el streptease de Nadia Gray en «La Dolce Vita» se basó en un caso que ocurrió en el club «Rugantino»: el steptrease de una actriz turca fue un escándalo que ocupó portadas de prensa. Caso aparte merecen los medios de comunicación. Fellini fue muy crítico con la TV y a él se debe el nacimiento del término «paparazzi», tomado de un personaje de «La Dolce Vita», un fotógrafo cuyo apellido era Paparazzo y que hoy ha quedado como sinónimo de «fotógrafo que roba fotos». Entre las curiosidades de la exposición, se muestran algunas de las fotos y cartas que enviaba a Fellini gente que se ofrecía como actores: él buscaba actores no profesionales, rostros peculiares. Se sentían fellinianos. También son célebres sus peculiares cástings: los hacía de voces (para elegir las que mejor se adaptaban a sus personajes) y hasta de nalgas para su película «La ciudad de las mujeres».
Precisamente, las mujeres merecen un capítulo propio en la vida de Fellini. Le fascinaban las formas femeninas voluptuosas. Y en ese universo hay una reina indiscutible, Anita Ekberg. La belleza de esta sex-symbol deslumbró al cineasta hasta el punto de afirmar antes de conocerla: «Su belleza es sobrehumana. Cuando la vi por primera vez en una revista americana me dije: “¡Dios mío, haz que no la conozca nunca!”». Pero sí la conoció. La inmortalizó en «Las tentaciones del Doctor Antonio» en una valla publicitaria, tumbada, con un generoso escote y un vaso de leche en una mano. Y la metió, también con generoso escote, en la Fontana di Trevi en «La Dolce Vita». Pero no fue una idea original de Fellini. Meses antes que él, la Ekberg ya fue fotografiada en la mítica fuente, esta vez con un vestido blanco, para la revista «Tempo». Su pareja en este clásico fue Marcello Mastroianni, actor fetiche de Fellini y «alter ego» en algunas de sus películas. El cineasta se identificaba en cierto modo con Casanova: «No podía amar a las mujeres, porque amaba una idea fantástica de las mujeres».
«La Dolce Vita» supuso un antes y un después para Fellini. Hasta su estreno, le apoyaba la Iglesia católica; tras él, le dio la espalda por «decadente y blasfemo» y le apoyó la izquierda. Ganador de ocho Oscar, reconocía que le tenía miedo al guión: «Es odiosamente indispensable». Por eso se rodeó de gente con talento, como Pasolini. En los últimos años, su psicoanalista le recomendó que escribiera o dibujara sus sueños. Le hizo caso. Nació «El libro de los sueños», un compendio de todas las obsesiones de Fellini.
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