El presidente de la Asociación de Universidades Norteamericanas advertía recientemente de las consecuencias de un deterioro en la actividad fundamental de las universidades investigadoras. Afectaría a la estructura de producción del conocimiento, comprometiendo la competitividad y la prosperidad del país, especialmente en el terreno de la salud, la energía, el medioambiente, incluso la seguridad nacional. Todo este debate se produce en el país líder en cuanto a la calidad universitaria, pero que busca nuevos caminos para optimizar su funcionamiento. La crisis complica las expectativas de muchos de los centros universitarios obligando a asumir nuevas exigencias. Siglos de existencia de la institución universitaria han dado lugar a diversos modelos, algunos con éxitos brillantes. Desde la universidad alemana, creadora de conocimiento, a la británica con su énfasis en la formación de profesionales liberales, o la francesa (napoleónica, mediterránea) que jugó su papel en la formación de élites dirigentes.
En la era de la globalización se están imponiendo los «rankings» de los centros de educación superior del mundo, tras las evaluaciones que, con criterios a veces dudosos, ordenan implacablemente a los centros de educación superior. La expansión de muchos campus, incluso a otros países, obliga cada vez a asumir esta competencia global. En esta situación, las universidades reclaman de los gobiernos más recursos, a veces cambios legales, mientras que las administraciones exigen mayor rendimiento. En España con frecuencia se ha recurrido a la marginación de la Universidad de grandes proyectos científicos, que tendrían en ella su asiento natural. Cuando va a empezar el primer curso con todas las enseñanzas homologadas para Bolonia urge señalar que el único camino es aspirar a la excelencia.



























