INÉS BAUCELL
Celebración en la Ciudad Condal tras proclamarse España campeona del mundo de fútbol. S
Una conocida firma de ropa situada en la avenida Diagonal de Barcelona ha colocado en su escaparate globos amarillos y rojos. Y dada la coincidencia de esos colores en las banderas nacional y catalana, este decorado tanto podría significar un apoyo a la manifestación independentista del pasado sábado como una celebración de la victoria del Mundial de fútbol.
Obviamente, se trata de una calculada estrategia comercial, pero también de una metáfora de la Cataluña real, mucho más difusa, plural y transversal de lo que el «establishment» político intenta imponer. Porque, así quedó demostrado el domingo por la noche, es perfectamente compatible animar a la «roja» y participar en la concentración organizada por Òmnium Cultural y avalada por el Gobierno catalán.
El propio presidente José Montilla, que dos días antes desfilaba por el centro de la Ciudad Condal envuelto en banderas «estelades» (independentistas), ha expresado su satisfacción por la victoria española. También lo han hecho dirigentes de CiU, mientras que los de Esquerra se empeñan en «ningunear» el acontecimiento.
Guerra de cifras al margen —sostienen los analistas que es imposible que a la concentración proestatutaria acudiera un millón de personas— , lo cierto es que la victoria de la selección española llenó las calles de Barcelona de bocinazos, «vuvuzelas», jolgorio y fiesta. De hecho, la semifinal ya volcó a miles de catalanes a la calle, concentrados en su mayoría en la Rambla de Canaletes, lugar de culto de los seguidores del Barça, algunos de los cuales insisten en subrayar que si España ha ganado la competición es gracias a la estrategia y a los jugadores blaugranas.
Pero el domingo, previa presión ciudadana, el Ayuntamiento de Barcelona accedió por fin a colocar una pantalla gigante junto a la fuente de Montjuic. Ahora la resistencia se entiende, pues las casi 75.000 personas que se concentraron en los alrededores —cifra también cuestionada— portaban centenares de banderas
españolas y camisetas de las selección que fueron inmortalizadas en una imagen chocante con la ofrecida el sábado y prácticamente inédita en Cataluña. Hubo altercados, sí, como en cualquier celebración futbolística que se precie. Los Mossos d'Esquadra detuvieron a 21 personas acusadas de desórdenes públicos, lanzamiento de objetos y daños al mobiliario urbano como la quema de contenedores, entre otros incidentes.
Quiso la casualidad que esa pasión por la «roja» se produjera 24 horas después de la concentración anti Tribunal Constitucional, aunque la insignia «rojigualda» hace días que convive en las calles con la «senyera» con o sin lazo negro en señal de luto por el Estatuto. Ésta cohabitación, defienden PP y Ciutadans, no debería ser extraña, pero el pensamiento único impuesto por determinados dirigentes políticos y mediáticos ha provocado que, durante años, la bandera española sólo haya sido noticia cuando era quemada por independentistas radicales.
Traducción política
Ahora, este pendón luce en taxis, vehículos particulares y edificios, asta incluida. El tiempo dirá si esa «salida del armario» tiene una traducción política o se trata de un arrebato puntual, aunque ERC ha advertido de la relevancia de estos gestos a través del vicepresidente Josep Lluís Carod-Rovira, quien días atrás auguraba una Cataluña llena de banderas nacionales.
No obstante, a pocos meses de las elecciones autonómicas, el agotamiento estatutario parece haber dado alas al soberanismo que aboga por referendos de autodeterminación, pero también insufla ánimos a un sector de población que se siente tan catalán como español. Los sondeos de intención de voto apuntan a la permanencia del «status quo» , sea en forma de tripartito o de CiU, pero algo se mueve en la comunidad catalana, donde la final del Mundial fue seguida por el 78% de la población. Una cifra superada en otras comunidades autónomas, pero nada desdeñable. Los argumentos soberanistas que
relativizan esas cifras aseguran que muchos espectadores eran «patriotas» que apoyaron a la selección holandesa. De hecho, en la manifestación del sábado hubo alguna que otra camiseta naranja, pero dada la exacerbada promoción gubernamental y mediática, se esperaban muchas más.



