I. A/M. ROVIRA
BARCELONA
Las discrepancias protocolarias que marcaron los días previos a la convocatoria en contra del Tribunal Constitucional y su sentencia sobre el Estatuto de Autonomía se pusieron de manifiesto sobre el terreno, un atestado Paseo de Gracia en el que la manifestación se convirtió en una concentración, con los presidentes (Montilla, Maragall y Pujol; Benach, Rigol y Barrera) sofocados por el calor, en mangas de camisa (salvo Pujol, Benach y Rigol) y sin poder dar un paso.
a marcha fue más bien una competición de exabruptos verbales contra el Tribunal Constitucional y contra todo el Estado Autonómico, mientras en los balcones competían en armonía las banderas nacionales y las autonómicas. En la manifestación no se vio ni una pancarta sobre el Estatuto, y lo que predominó más bien fue el eslogan independentista «Adiós, España», fabricado por ERC pero que acompañó a Montilla durante toda la tarde.
A falta de otras estimacionesmás allá de las oficiales y perfectamente previsibles, el atasco se convirtió en prueba irrefutable del éxito, al menos de cara a la galería, así como la expresión de las órdenes contrapuestas. Todos los gruesos matices políticos puestos sobre la mesa en las últimas jornadas (desde el federalismo asimétrico del PSC al independentismo de ERC y el soberanismo de CiU) se conjuraban para hacer de la marcha una penosa y lenta función corporal. También se consideraba un éxito que no quedaran autocares de alquiler en toda Cataluña, así como la participación sindical en la organización.
El problema, al parecer, radicó en la actitud de un grupo de militantes de Reagrupament —el partido de Carretero—, situado delante de la gran bandera catalana y que desatendía las órdenes de megafonía. Ellos decidían o tal vez esperaban al ex presidente Laporta, perdido entre la multitud. Más problemas se registraron en la apresurada disolución de la marcha, cuando los más extremistas se encararon con representantes del PSC y de CiU.
Cantado en varias ocasiones «Els Segadors», así como en el cierre del acto, la consigna dominante era «¡Independencia!», lo que dejaba en evidencia el discurso sobre la suma de sensibilidades. Ese grito recibió y acompañó a Montilla y a los socialistas que portaban la pancarta con el lema «Som una nació». La tela con la segunda parte del lema —«nosotros decidimos»— era sostenida por jóvenes independentistas.
En medio del caos, ningún político se resignó a quedar retratado tras esa afirmación, un signo del sentido extraparlamentario de la política de las fuerzas parlamentarias catalanas. No sólo algunos miembros de CiU —la oposición, al cabo— parecían en su salsa o los de ERC —con el gen asambleario—, sino que hasta el alcalde socialista mostraba una sincera satisfacción porque se habían desbordado las previsiones («decenas de miles de personas» se atrevió a decir), y aquello era un atasco. Desbordada ya la pasión, el «dato» de un millón de asistentes se quería dar por oficial.




