Los estados mayores de las 91 principales entidades financieras europeas están estos días de maniobras. La llamada «prueba de estrés» es el equivalente a uno de los simulacros de salón que utilizan los generales, cuando preparan soluciones posibles ante amenazas virtuales y estudian las reacciones que son posibles con los arsenales de los que disponen. Lo normal es que el resultado de esas maniobras se lo guarde el alto mando, para no dar pistas al enemigo sobre sus debilidades. La diferencia es que en este caso los bancos van a tener que publicar el resultado de esta batalla financiera, el próximo día 23, lo que dejará sus trincheras completamente al desnudo. Desde que se sabe que las pruebas serán públicas, se ha desencadenado la carrera para poner a salvo a los bancos que no aprueben el examen. El presidente del BCE, Jean Claude Trichet, ya advirtió el jueves que «será necesario actuar» cuando alguno de los bancos analizados no supere las pruebas, pero tampoco aclaró que es lo que deberá hacerse.
Las pistas más fiables exploradas por ahora parecen conducir al mismo lugar que en el caso de las deudas soberanas, es decir, al fondo de más de 700.000 millones de euros destinados a garantizar la estabilidad de la moneda única. El primero en hablar de ello fue el comisario de Economía, Olli Rehn a principios de semana, aunque la propuesta no tuvo buena acogida: «En principio, no parece razonable, sabiendo que se ha aprobado una tasa dedicada a salvar bancos en problemas» dijeron fuentes francesas, convencidas de que la eventualidad de que Alemania aceptase un mecanismo así «parecen remotas». Pero muchas opiniones parecen haber cambiado al saber que algunos de los bancos alemanes podrían estar en la lista del pelotón de los torpes —empezando por el Postbank y siguiendo por varios de los bancos regionales que tienen un modelo similar en lo territorial con las cajas de ahorro españolas—. En su tradicional carta conjunta previa a los consejos Ecofin, los ministros de Economía de Alemania y Francia, no han hecho ninguna referencia a la inminente publicación de la prueba de esfuerzo de los bancos, señal de que ni Wolfgagn Schaube ni Christine Lagarde tienen claro qué va a pasar.
La propuesta sugerida por Rehn estaba dirigida a evitar que la publicación de los resultados sea utilizada para lanzar una cadena de ataques especulativos si aparece algún país demasiado vulnerable por la combinación de su propio déficit público con la necesidad de apuntalar a bancos de dimensiones sistémicas, en cuyo casopodría acudir a este fondo en busca de crédito. Pero incluso la Comisión ha preferido no mostrar sus cartas hasta que no se sepa cuales serán las necesidades que expondrán las pruebas.
El concepto de «prueba de estrés» consiste en analizar la capacidad de supervivencia de un banco ante una situación extremadamente adversa: una caída del PIB del 3 por ciento por debajo de las previsiones de la Comisión Europea en un entorno en el que existe un riesgo de colapso de la deuda comparable al que tuvo que afrontar Grecia a principios de mayo. No es de extrañar que en todas las quinielas den por hecho que el peor de la lista será –con diferencia- el Banco Nacional de Grecia.
También se sabe que los dos principales bancos españoles, el Santander y el BBVA, estarán a la cabeza de los alumnos aplicados y que ha sido precisamente esta certeza la que llevó al presidente del Gobierno, José Luís Rodríguez Zapatero, a sorprender a sus colegas del último Consejo Europeo bajo presidencia española con la propuesta de hacer públicos los resultados de los ejercicios.






