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Su belleza no es de este mundo

La visita nocturna a la Catedral deslumbró ayer a las autoridades y a la Prensa en un pase de presentación

Día 10/07/2010 - 11.51h
La espera ha merecido la pena. Con creces. Parece obra de un prodigio que en sólo cincuenta minutos, que es lo que dura la visita nocturna a la Catedral que comenzará a comercializarse en un plazo inmediato, dé tiempo a recrearse de un modo tan pausado y tan sutil a lo largo y ancho de un templo que se ofrece a quien lo pisa como un don del arte y del espíritu. Nada es estridencia, nada chirría, nada sobra en este recorrido cuajado de buen gusto, de mesura, de deleite. Su guión no es de este mundo. La música se derrama del cielo. La luz nace de las entrañas de las arcadas. La oscuridad sobreviene con matices impropios de la tiniebla, como si fuera un abrazo envolvente pero no posesivo. Hace suya uno sin darse cuenta la belleza que tantas veces ha visto de día, mas ahora le parece nueva cuando el paso está marcado —con suavidad, sin órdenes tajantes— por la sabiduría del espacio sagrado.
Todo comienza en la Puerta del Perdón, la línea de sombra en la que uno ingresa en un territorio que no es del todo de los mortales. Suena la música del agua para acompañar a la comitiva hasta la galería norte del patio, donde una pantalla se despliega junto a las vigas en exposición para que comience el viaje. «El alma de Córdoba» es el destino. Los visitantes asisten, con la ayuda de unas audioguías, a una recreación visual por la historia del monumento, de Córdoba también. Un cuarto de hora, tal vez veinte minutos, es suficiente para introducirlos en las claves del edificio gracias a una cuidada recreación por ordenador. Acaba la proyección y se hace el silencio en el patio.
De camino a la Puerta de las Palmas la comitiva descubre cuál es el secreto de la visita: la luz. Se ilumina el antiguo alminar. Pronto está a la vista la hilera de luminarias de la primera nave que construyó la dinastía omeya. La penumbra del templo invita a entrar. Suena una pieza de gregoriano. Comienza la alquimia de la luz y el sonido al recorrer las distintas fases de la antigua mezquita.
La explicación de la audioguía es precisa: una narración de epopeya pero sin concesiones al sentimentalismo. Pronto está el grupo en el mihrab, el tesoro del templo musulmán, su joya imperecedera. El juego de la iluminación es portentoso y las palabras no estorban, porque la voz en «off» ha dejado de hablar para que cada uno encuentre la suya.
De ahí a la Capilla Real, al primer Altar Mayor que tuvo la Catedral tras la Reconquista. A un paso está el actual. Ahí es donde el efecto lumínico alcanza el prodigio: la Cátedra Episcopal es testigo. También lo es el coro, estación postrera de un periplo que no acaba porque es eterno. «El Mesías» de Haendel acuna a los visitantes en su regreso a la Puerta de las Palmas con su soplo de inmortalidad.
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