Diego, de diez años, escuchó el partido en la radio, en la sierra de Cazorla. El martes no durmió mientras imaginaba lo peor, lo mejor. Pablo se negó a ir al campamento si no podía ver a España. Enrique, entre tanto grito, no consiguió encontrar el móvil de su madre. Y Alex, como todos, se vistió la roja desde por la mañana. «Algunos creen que el fútbol es una cuestión de vida o muerte, pero es mucho más importante que eso», decía Bill Shankly cuando era entrenador del Liverpool. El grupo de Cazorla -y millones de niños más en todo el mundo- ha jurado fidelidad a España para siempre, como durante décadas fuimos de Brasil. Desde la Eurocopa hasta hoy, todos han aprendido que los españoles no sólo ganan, sino que además juegan, agrupados por una idea única en el planeta conocida como el tiqui-taca, que nació en el Barcelona y ha crecido en la selección. Bien, miremos a los libros de historia: ahí está la alegría de Brasil antes de Dunga (incluso cuando perdía), el fútbol arrogante (total) de Holanda 1974/78, la industrial Alemania, «el Diego», el cerrojo italiano y, al fin, el «made in Spain»: la belleza, el toque, la imposible sencillez. El domingo será -otra vez- el partido de nuestras vidas, ese día que recordaremos como un disco rayado. «Todo empezó con una generación prodigiosa que…».





