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Alerta en Xinjiang en el aniversario de la revuelta uigur

Máxima seguridad en Urumqi para impedir nuevos disturbios interétnicos como los que dejaron casi 200 muertos en julio del año pasado

Día 05/07/2010 - 19.49h
AFP
Una mujer musulmana de la etnia uigur mendiga frente a los militares en Urumqi
Hace justo un año se desataba un baño de sangre en Urumqi, la capital de Xinjiang. En esta remota provincia situada a más de 4.000 kilómetros de Pekín y rica en petróleo, gas natural y minerales, una manifestación de sus habitantes originales, los uigures de religión musulman a y lengua túrquica, derivaba en los peores disturbios interétnicos que han sacudido a China tras la revuelta tibetana en marzo de 2008 y la matanza de la plaza de Tiananmen en junio de 1989.
En principio, dicha marcha, que congregó a miles de personas, se había convocado para exigir a las autoridades una investigación sobre el oscuro linchamiento mortal de varios trabajadores uigures a manos de sus compañeros de la etnia “han”, la mayoritaria en China, en una fábrica de Shaoguan, en la sureña provincia industrial de Guangdong.

Haciendo valer la teoría del efecto mariposa, un pequeño incidente a más de 3.000 kilómetros de distancia abría la caja de los truenos en Xinjiang, donde los uigures suspiran desde los años 30 del siglo pasado por lograr la independencia para formar el Turkestán Oriental.
Unas ansias secesionistas que han sido cortadas “manu militari” por el régimen de Pekín, que ha colonizado con chinos de la etnia “han” esta región que triplica en tamaño a España y tiene una vital importancia geoestratégica por sus fronteras con Rusia, Mongolia, Pakistán, Afganistán, India y varias repúblicas ex soviéticas de Asia Central. Destinados en masa durante los duros años de la “Revolución Cultural” para construir carreteras y ferrocarriles, los “han” ya suponen el 41 por ciento de los 20 millones de habitantes de Xinjiang, donde los uigures representan el 45 por ciento y otras minorías étnicas, como kazajos, tayikos, kirguises y uzbecos, se reparten el resto.
Tras sufrir décadas de represión y desigualdades sociales, ya que los “han” controlan el Ejército y los negocios, mientras la mayoría de los uigures son pobres campesinos, los manifestantes protagonizaron en la tarde del 5 de julio del año pasado una auténtica carnicería en el centro de Urumqi. Levantando barricadas, quemando autobuses y destrozando comercios, los uigures emprendieron la caza del “han” con cuchillos, palos y navajas, dejando a su paso un terrorífico reguero de sangre y cadáveres mutilados por las calles.
Dos días después, y desafiando al impresionante dispositivo de antidisturbios que había desplegado el Ejército tras imponer el toque de queda, los “han” buscaron la venganza. En masa, miles de hombres, mujeres, ancianos e incluso niños se dirigieron al barrio uigur, situado en el centro de Urumqi junto a la mezquita y el Gran Bazar.
Tras varios días de enfrentamientos, disturbios y tensas protestas, el balance final de víctimas ascendió a casi 200 muertos, la mayoría de la etnia “han”, y 1.700 heridos. Entonces comenzó la represión del régimen chino. Según el Congreso Mundial Uigur, una organización en el exilio que apoya la independencia, hubo unos 800 muertos y más de 4.000 personas fueron detenidas.
En oscuros procesos judiciales criticados por los grupos defensores de los derechos humanos, 190 personas han sido condenadas por su implicación en la revuelta, de las cuales 26 fueron sentenciadas a muerte y 9 han sido ya ejecutadas.
La herida sigue abierta
Lejos de cicatrizar, la herida sigue abierta en Xinjiang, donde continúa la tensión un año después de los disturbios. Hasta hace un par de meses, internet y los mensajes de telefonía móvil seguían cortados en buena parte de la región y, tal y como se aprecia en las imágenes que llegan de Xinjiang, abundan los controles policiales.
Ante el temor de que se produzcan atentados con bombas, se han instalado arcos de seguridad y detectores de metales en las tiendas, restaurantes y bancos. Para impedir nuevos actos vandálicos, Pekín ha colocado 40.000 cámaras de alta definición en calles, colegios, centros comerciales y autobuses. Según el periódico “China Daily”, el Gobierno doblará este año el presupuesto en seguridad hasta los 337 millones de euros.
“No hay problema, ahora todo está tranquilo porque hay muchos policías y soldados”, explica por teléfono a abc.es Abdul, un comerciante de Urumqi.
Un polvorín tan peligroso como el Tibet
Consciente de que Xinjiang es un polvorín tan peligroso como el Tíbet, Pekín no sólo ha purgado a los dos principales gerifaltes del Partido Comunista en la región, Li Zhi y Wang Lequan, sino que destinará durante los próximos años miles de millones de euros para desarrollar ciudades como Hotan y Kashgar, la mítica parada de la Ruta de la Seda donde continúa la demolición de su monumental barrio histórico.
El presidente chino, Hu Jintao, se ha propuesto erradicar la pobreza en 2020 y que el Producto Interior Bruto (PIB) per cápita de Xinjiang alcance en 2015 la media nacional, cuando ahora sólo representa el 25 por ciento pese a sus abundantes recursos naturales.
Pero la tensión seguirá latente en Xinjiang mientras no acaben las diferencias con los “han” y los uigures sigan siendo chinos de segunda que no pueden tener un pasaporte, obtener un préstamo o acudir a rezar a la mezquita sin que los vigilen la Policía o los chivatos del Partido.
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