Ni siquiera la precisión de su título le hace justicia al minucioso detalle con el que esta película trata a sus personajes y todo ese mundo (y me temo que no hay otro) de la maternidad en cualquiera de sus peculiaridades y maneras, la real, la ficticia, la frustrada, la frustrante, la querida, la odiada, la perdida, la encontrada…
El director Rodrigo García ha tejido un nuevo tapiz (otro más, como los anteriores) en el que los sentimientos femeninos colorean de historia y de drama su cine de arrecife, por no caer en el tópico de coral. Varias mujeres, varios tiempos y espacios, varios sentimientos…, todo ello en un cruce que le es propio al hijo de García Márquez pero también al mexicano Iñárritu que le da cobertura en la producción.
La hostilidad y fragilidad de una mujer madura, Karen, que fue obligada a los catorce años a dar a su hija recién nacida en adopción; el pulso entre una mujer yerma que quiere ser madre y una jovencita embarazada que se niega a serlo; la dureza, la frialdad emocional de una mujer arrasadora para la que la maternidad es un vacío, pues ni tuvo madre ni espera serlo…
Cada personaje se revela hasta los fondos de un modo sutilísimo y mediante la precisa y milagrosa interpretación de unas actrices en estado de gracia: Annette Bening y Naomi Watts hacen el papel de su vida, pero la película es tan sencilla, tan redonda y generosa que incluso los actores, aparentemente comparsas de la función, bordan unos personajes tan finos, sutiles y comprensibles como los femeninos, hasta tal punto que Samuel L. Jackson o Jimmy Smits tienen momentos, texto y sentimientos de cine inolvidable, arrasador.
Rodrigo García hurga en las texturas del melodrama con una exquisitez y una astucia magistrales y este "Madres e hijas" queda no sólo como un melodrama modélico, a la altura de los mejores del género, sino también como una gran mirada con afán adhesivo a una de las mayores ficciones del ser humano, ese tijeretazo que se le da al nacer al cordón umbilical y que, pareciendo que corta, pega.


