Hay momentos en la vida, cuya sola evocación basta para ahuyentar el tedio y la tristeza y las penalidades que tan a menudo trae aparejadas la existencia cotidiana. Lo que más vívidamente recuerdo de Nueva York es el nítido perfil de las Torres Gemelas, enmarcado en la ventana de mi dormitorio, a la luz rosada del amanecer.
He residido tres temporadas en Manhattan. La primera, en tiempos de Reagan, en un loft con altillo y escalera de incendios, junto al Greenwich Village. La última, ya con Clinton en la Casa Blanca y después Bush, en el señorial Upper West Side.
En medio, en una fase en la que andaba tan enamorado como corto de dinero, conseguí que un amigo judío me prestara su descangayado apartamento en el cruce entre Prince y la Sexta Avenida. No había cortinas, ni calefacción digna de ese nombre, pero tumbado en la cama, cuando abrías los ojos, lo primero que veías eran las Torres Gemelas. Estaba lejos de Nueva York el 11 de septiembre de 2001, cuando en el televisor de un bar observé horrorizado cómo el segundo de los aviones se estrellaba contra la Torre Sur. Aquello no fue un ataque contra EE.UU., sino contra el mundo libre.
Los asesinos, querían aterrorizarnos, y no discriminaron a sus víctimas por colores, credos o nacionalidades. La Guerra de Afganistán, camino ya de su décimo año, es consecuencia directa de esa carnicería. Es fácil comprender que sociedades como las nuestras, tan ricas, cómodas y tolerantes, se pregunten si merece la pena el sacrificio que entraña seguir luchando allí. Lo merece, porque en Afganistán se pone a prueba la voluntad de Occidente. También los cenizos decían que Irak era un caso perdido y los hechos han demostrado que se equivocaban. Se puede vencer a los talibanes, pero la condición es desearlo y poner los medios para conseguirlo.


