ENRIQUE Santos Discépolo, aquel santo que cambió la aureola por un flexible de Borsalino, nos dejó dicho que el siglo XX fue «un despliegue de maldá insolente». Tampoco el XXI le anda a la zaga. Seguimos «revolcaos en un merengue y en un mismo lodo todos manoseaos». Si alguien mantenía alguna duda al respecto, le basta para despejarla con mirar a Toronto y comprobar que el G-20 ha determinado que cada mochuelo debe volver a su olivo y apañárselas como pueda. La crisis vigente también se lleva por delante los resquicios de solidaridad internacional que aún perduraban. Mal asunto. Solo el fútbol se mantiene como elemento común a todos los continentes y a los contenidos nacionales de cada uno de ellos y eso es poca cosa. Después de Toronto, cada nación debe lamerse sus propias heridas. Es la consecuencia del raquitismo intelectual y la escasez de liderazgo de esa nueva casta de políticos profesionales que, en todo el mundo y tal que las lapas a las rocas, se han adherido con vocación de perpetuidad a las cumbres del poder establecido en las que, por lo que a nosotros respecta, ni el Presupuesto es ya una señal de certeza.
Los empleadores en apuros y los empleados insensatos, son el síntoma de lo que nos pasa. Aquí y ahora, además de la desazón que nos proporciona la sentencia del Tribunal Constitucional, tenemos a la vista dos situaciones que nos hablan de la inconsistencia de nuestra estructra económica y social. El grupo inmobiliario de la familia Sanahuja, la primera promotora de Cataluña y, hasta hace nada, la mayor inmobiliaria de España, ha presentado concurso de acreedores. No han podido refinanciar un pasivo de 1.800 millones de euros y el petardazo, verdaderamente estruendoso, inaugura una traca de escalofriante pronóstico. Por otra parte, los trabajadores del Metro de Madrid mantuvieron ayer una inadmisible huelga salvaje con vocación de indefinida que retrata el nivel de la irresponsabilidad sindical vigente. Empresarios en quiebra y trabajadores en
huelga de castigo a los usuarios de un servicio, no a su patrones, es el cuadro de una patología socialmente terminal.
«¡Qué falta de respeto, qué atropello a la razón!», como también enseña Discépolo en su pequeña biblia de las miserias actuales. En lo alto, un Gobierno pasmado, más atento a su propia continuidad que a la solución de los problemas que nos sofocan, y una Oposición que confía en los valores reparadores del tiempo. Mientras, crece sin cesar el número de parados, las empresas, grandes y pequeñas, ven descender el consumo, el gasto público no disminuye y los propios fundamentos del Estado se resquebrajan.


