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Berlusconi, Obama, Merkel y Sarkozy
Sin un consenso sobre la mejor ruta para salir de «la mayor crisis en generaciones», el G-8 concluyó ayer su cumbre a las afueras de Toronto con un diagnóstico de preocupación compartido para la economía mundial. En la declaración acordada tras dos días de reuniones entre los lagos de Muskoka, los líderes de las democracias más industrializadas y Rusia han destacado el carácter «frágil» de la actual recuperación.
Según el comunicado final, la actual crisis «ha expuesto y exacerbado las vulnerabilidades ya existentes en las integradas economías globales, esfuerzos de desarrollo y seguridad colectiva», con una cierta nota esperanzadora de que gracias a la coordinación del G-20 se ha podido avanzar «hacia la recuperación sostenible».
En su reencarnación como foro de seguridad después de 30 años de historia centrada en política económica, el G-8 también ha presentado una posición común contra Irán y Corea del Norte, pero sin llegar a la dureza deseada por la Administración Obama y alguno de sus aliados, limitándose a condenar las recientes acciones beligerantes perpetradas por el régimen estalinista de Pyongyang. Además, expresa su preocupación por el desafío nuclear de la teocracia de Teherán.
Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Alemania, Italia, Canadá, Japón y Rusia también han calificado la situación en la franja de Gaza como «insostenible». Además de establecer una especie de estrategia de salida para Afganistán, a un plazo de cinco años, con la transferencia subvencionada de responsabilidades de seguridad y la ayuda clave de Pakistán. Los líderes del G-8 también han reafirmado su acuerdo sobre calentamiento global, con el objetivo de cortar emisiones vinculadas al efecto invernadero en un 50 % para el 2050. A instancias de Canadá, el G-8 ha ofrecido una nueva iniciativa para combatir la mortalidad infantil y mejorar la salud maternal en países del Tercer Mundo.






