Rodolfo Chisleanschi, durante años corresponsal de fútbol de Clarín en España, estaba convencido de que Maradona no llegaba al Mundial. Grondona no echa a nadie -decía-, pero provocará que se vaya. Argentina era un desastre de tal magnitud que Messi parecía un paciente en la sala de espera del psicólogo más que un jugador de fútbol. Eso fue hace un suspiro. ¿Y Dunga? Lo más suave que se escribía/be de su estilo es que ha convertido a Brasil en Italia, pero con matadores más eficaces. Por entonces, los periodistas no dejaban de citar favoritos: España, Alemania, Inglaterra... y Brasil, que no juega pero gana. Hace tan poco de eso...
Pero la primera fase ha sido una Copa América en África. Las selecciones europeas boquean tan exhaustas como sus economías. Francia e Italia son dos «ruinas azules», en casa, a la espera de un ERE. Del desplome del continente sólo ha salido un partido grande: Inglaterra-Alemania, como en la final de 1966. Entonces ganaron los ingleses con un gol fantasma de Geoff Hurst que persiguió a los jugadores durante décadas. «The ball never crossed the line», reconoció al cabo Hurst. Los equipos americanos, en cambio, se pasean felices, desde Paraguay, dirigida por Gerardo Martino, a Uruguay, favorecida por los cruces. Y Brasil y Argentina, qué decir.
Claro que la primera fase sólo es eso, un asalto de tanteo, porque, como dice Bielsa, «el liderazgo se ve en la derrota y el conductor sólo es bueno si ha superado la adversidad». La tendencia puede/debe cambiar esta tarde, cuando España recupere el estado de gracia de las etílicas noches del «podemos».





