Hay canción del verano, color del verano y hasta eslogan del verano. Y el del que acaba de comenzar, es «boicot a Israel».
Alentados por los profetas de lo políticamente correcto, las bandas de rock cancelan sus actuaciones estivales en tierra judía. El primero fue Elvis Costelllo, pero ya se han sumado Pixies, Gorillaz, Klaxons y lo harán más. Nuestra farándula, tan silente en otros temas, acudirá en tropel al plante, a ponerse la chapa de la superioridad moral.
Sale gratis. Hace unos días, en una nota sobre Helen Thomas, quien tuvo que dejar su puesto de decana de la prensa en la Casa Blanca tras proclamar que los israelíes deben largarse de Palestina y volverse a Polonia, Alemania y EEUU, un periodista español, ex director del diario en el ahora cuelga sus reflexiones, escribió que no le parecía para tanto.
¿Imaginan que diría la progresía si alguien aquí se hubiera atrevido a sugerir que los negros del Bronx retornen al Congo, los gitanos a la India o los emigrantes latinoamericanos a los Andes?
Está en marcha una campaña, de la que el incidente de la flotilla es un capítulo, destinada a presentar a Israel como la reedición moderna de la Suráfrica del apartheid. Olvídese de la complicada disputa territorial entre dos pueblos atormentados por la Historia. Haga caso omiso de que Israel es una democracia, rodeada por 70 millones de enemigos.
No vea a los pistoleros de Hamás como una sucursal de los fanáticos iraníes. Olvide que la Franja de Gaza está a 60 kilómetros de Tel Aviv. Piense solo que los judíos son malos y no hacen caso a la opinión pública internacional.
Y ahora dígame usted, si después de haber visto como el mundo miraba para la luna mientras a sus abuelitos los hacían jabón los nazis, iba a fiarse y dejar su destino y la vida de sus hijos en manos de la comunidad internacional.


