Saltó Saramago a la fama literaria, luego de obras de menos calado, con «El año de la muerte de Ricardo Reis» (1984), que fue la novela que le dio nombre universal. Venía de la mano de Pessoa, porque uno de los heterónimos del poeta del desasosiego le había servido de emblema para un libro que era al mismo tiempo una recreación y un homenaje a Lisboa. Venir de la mano de Pessoa, en un libro transido de prosa poética, le hizo abandonar el registro realista crítico de su anterior novela, «Memorial del convento» (1982). A partir de 1986, en que publica «La balsa de piedra», y de 1991 con «El Evangelio según Jesucristo», comienza el registro que será predominante en su obra posterior: el de la fábula utópica de dimensión moral. De entre la media docena de novelas utópicas («La caverna», «El hombre duplicado», «Ensayo sobre la lucidez» cuentan entre ellas) la que sin duda pasará a la historia literaria y en la que recupera el aliento literario de la dedicada a Ricardo Reis, es su «Ensayo sobre la ceguera» (1995). Otra vez se trata de una utopía, pero que tiene la fuerza de una imagen poderosa que actúa como metáfora de una civilización, como le ocurre a las obras clásicas, y a las tragedias griegas. No en vano es el griego Platón quien ha inspirado algunas de sus más poderosas imágenes.
Hay algo en su literatura y estilo que debe decirse, y de lo que el propio escritor ofreció la clave en uno de sus últimos libros titulado «Las pequeñas memorias» (2007). Es el dominio del habla de las gentes, de los registros campesinos oídos en su niñez. Quizá sea Saramago el último vástago de una tradición que, aparte de sus muchas lecturas autodidactas, poseía el venero de la oralidad, que una vez se tiene no se abandona.
Lo que más me gustó siempre de él era que dominaba un ritmo del lenguaje que no era aprendido, sonaba suyo, hasta hacerte desear leerlo en portugués, esa lengua latina, hermana, que ha perdido hoy a su escritor emblemático.
JOSÉ MARÍA POZUELO YVANCOS
CRÍTICO LITERARIO



