«Villa Amalia» pertenece a un género bien definido dentro del cine de autor: el retrato de mujer. Se trata en este caso de Ann, una pianista de éxito que descubre en la primera escena que su marido tiene un lío con otra.
Esto hace que rompa con él, pero también con todo lo que la rodea: parece que el adulterio era sólo la excusa que andaba necesitando para hacer tabula rasa de su vida anterior. Digo parece porque la película se libra muy mucho de incurrir en la psicología: Ann es una mujer que resulta enigmática hasta en su apellido, Hidden (oculto, en inglés).
Lo que sabemos de ella es que corta de forma abrupta con todo, quiere literalmente desaparecer: la vemos salir de los sitios (ya sea un restaurante o su propia casa) dando un portazo figurado o literal. El motivo visual que se repite es el de su figura de espaldas, andando con prisa, yéndose simplemente; su larga melena rubia es el único signo de animación que vemos en ella (y hasta se corta el pelo a mitad de metraje).
Hace falta un tipo de actriz especial para rellenar tanto vacío. Afortunadamente para la película y para el espectador el “hueco” del personaje lo ocupa Isabelle Huppert, una de las dos o tres de las que se podria decir que es la mejor actriz viva (o de su generación, si se prefiere): una elocuente esfinge a la que nadie podría acusar de sobreactuar pero sobre cuyo rostro se ha construido monumentales relatos elegíacos o perversos, como esa otra pianista que hizo para Michael Haneke. Huppert no busca complacer al espectador, no quiere que la queramos; de hecho, su Ann no tiene nada de atractivo salvo su muda determinación de encontrarse a solas consigo misma frente al mar.


