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Los Castro y la ETA

Los etarras siguen en Cuba, al amparo de la dictadura

Día 13/06/2010 - 09.17h
Conocí a Jorge Masetti a principios de los 90. Se había refugiado en una casa de la sierra madrileña con su mujer, Ileana, hija de uno de los gemelos De la Guardia, antaño héroes de la Revolución y, desde 1989, en las cárceles de Castro. La Revolución devoraba a sus hijos. Al padre de Ileana, Tony de la Guardia, le fusilaron la misma noche que al general Ochoa por narcotráfico. En realidad, fue la venganza de Fidel contra los únicos hombres capaces de hacerle sombra y de movilizar en su contra al Ejército.
Masetti, hijo del fundador de la Agencia Prensa Latina, que desapareció en la selva argentina cuando intentaba cumplir el mandato del Che de multiplicar las guerrillas en toda América para crear «un, dos, tres Vietnams», fue acogido por el régimen cubano y creció entre campos de entrenamiento, los famosos PETI (Puntos de Entrenamiento de Tropas Irregulares) dependientes del Departamento América castrista. Este ente siniestro adiestró a la mayor parte de grupos terroristas del mundo bajo la dirección de Manuel Piñeiro «Barbarroja».
Masetti fue criado por él y comprobó de primera mano, porque vivió, luchó y mató con ellos, cómo se entrenaban junto a La Habana los macheteros de Puerto Rico, las FARC y el ELN, los argentinos del EPR, los tupamaros y diversos grupos palestinos. También el «subcomandante» Marcos, en 1982, que sólo quería saber cómo fumaba el Ché y en qué momentos le daba el ataque de asma, para imitarle luego en la selva de Chiapas. Y Masetti conoció en los PETI, por supuesto, a los etarras. Me contó cómo la propia mujer de Raúl Castro, Vilma Espín, ejercía de anfitriona en cenas a las que se invitaba a los que ellos llamaban «luchadores vascos». Incluso, aseguraba que el nombre de «Apalategui», el siempre buscado «Apala», aparecía allí.
Masetti huyó del régimen cuando se acabaron las prebendas. Su padre adoptivo, «Barbarroja», moría en un extraño accidente de tráfico. Luego, Masetti contó sus andanzas en un libro, «El Furor y el Delirio», y se fue a Miami. Ahora goza de los encantos de París. El Departamento América es hoy un vago recuerdo por el que pasaron Carlos «el Chacal», «Marcos» o Tomás Borge. Pero los etarras siguen en Cuba, al amparo de la dictadura.
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