Jueves
, 10-06-10
Muchos en España y fuera de España aconsejarían a Zapatero que, ya que viaja a Roma para ver a Benedicto XVI, aproveche también para pedir por el futuro del país, que es más bien oscuro. Después de todo, si acudió a Washington a rezar con Obama, no hay ningún motivo para que no lo haga junto al Papa, por más que se haya definido siempre como «indiferente» respecto a la religión.
Resulta curioso un cierto paralelismo en la actitud del Gobierno de Zapatero ante Estados Unidos y ante la Santa Sede. Al llegar a Moncloa, no valoró la importancia de unas buenas relaciones con dos focos de influencia tan distintos y, a la vez, tan relevantes, Sus primeros pasos denotaron el error de apreciación. Ni Estados Unidos era el demonio «imperialista», ni el Vaticano, un diminuto Estado al que se podía ningunear.
Después, trató de deshacer el entuerto, adoptando un política más conciliadora. Pero, en el caso de la Iglesia, sin renunciar a convertirse en un claro exponente de lo que Romano Guardini llama el «fraude de la Edad Moderna», que es ese juego a dos bandas de quienes, por un lado, rechazan la doctrina y el estilo de vida cristianos, mientras, por otro, se apropian de sus logros humanos y culturales.
Zapatero no puede ignorar que muchos de sus alegatos en favor de la paz, del entendimiento frente a la confrontación o del respeto de los Derechos Humanos están en la entraña de la Iglesia. Pero tampoco debe olvidar que la Iglesia no puede aceptar que se convierta el aborto en un derecho o que tradiciones de raíz cristiana que otros países se afanan por conservar -como la presencia de crucifijos en escuelas públicas-, se pretendan aquí prohibir como se prohibe fumar en los bares.
Y eso es lo que hoy le van a recordar las autoridades del Vaticano, que temen que la ola de relativismo importada de España contagie a países de Iberoamérica, con grandes masas de católicos.

