Con un temperamento pasional, austeridad en el gasto y subida de impuestos, el nuevo primer ministro de Japón pretende acabar con la inestabilidad de sus antecesores, que apenas duraban un año en el cargo
El nuevo primer ministro de Japón, Naoto Kan, en una rueda de prensa / EFE
Actualizado
Martes
, 08-06-10 a las 04
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“Mi primera tarea es recobrar la confianza de la gente, reconstruir el país y crear un partido en el que todos los miembros puedan permanecer juntos y decir con confianza: sí, podemos”. Emulando a Obama, el nuevo primer ministro de Japón, Naoto Kan, lanzó esta arenga nada más ser investido el pasado viernes por 313 de los 477 diputados de la Cámara Baja de la Dieta (Parlamento).
Con tal declaración de intenciones, Kan, de 63 años, pretende recuperar el entusiasmo por el cambio que generó su antecesor, Yukio Hatoyama, antes de que su promesa incumplida de cerrar la base militar de Estados Unidos en la isla de Okinawa arruinara su crédito político.
Pero el “Irritable Kan”, como se le conoce por sus frecuentes salidas de tono, necesitará algo más que “obamanía” optimista o su habitual franqueza dialéctica para remontar el vuelo del imperio del Sol Naciente. O, al menos, para permanecer en el cargo un año, el tiempo máximo que aguantaron sus antecesores antes de hacerse el “haraquiri” político.
Desde que Junichiro Koizumi abandonara en septiembre de 2006 el puesto tras un inédito lustro de mandato y arrolladoras victorias en las urnas, la todavía segunda economía del mundo ha conocido cinco primeros ministros.
Su sucesor, Shinzo Abe, dimitió un año después acosado por varios escándalos de corrupción que mermaron no sólo su Gobierno – donde hasta se suicidió el titular de Agricultura -, sino también su salud. A Abe le siguió el gris burócrata Yasuo Fukuda, a quien ni siquiera su larga experiencia en la Administración le permitió resistir en el cargo más de un año.
Tras renunciar por su debilidad parlamentaria ante el bloqueo de la oposición, le relevó en septiembre de 2007 el “halcón” de la derecha Shinzo Abe, cuya derrota en las elecciones celebradas en agosto del año pasado puso punto y final a medio siglo de hegemonía política del Partido Liberal Demócrata (PLD).
A diferencia de sus antecesores, Naoto Kan no pertenece a la aristocracia política que ha venido dirigiendo Japón desde el final de la Segunda Guerra Mundial, ya que su padre no era un ministro del Gobierno, sino el director de una fábrica. Famoso en Japón desde que en 1996 destapara que miles de hemofílicos se habían contagiado de sida al recibir transfusiones con sangre infectada por el virus VIH, es un político pasional y apartado de los corsés que impone la estricta sociedad nipona.
En 2004, se afeitó la cabeza y fue peregrinando de monasterio en monasterio como penitencia por no haber podido hacer frente al pago de pensiones públicas. A pesar de su militancia ecologista y pacifista en los años 70, en su anterior cargo como ministro de Finanzas viró hacia posturas económicas más conservadoras al defender la austeridad en el gasto para controlar la elevada deuda pública, que ya supone el 200 por ciento del Producto Interior Bruto (PIB), y la subida de impuestos. Un programa que, haciendo honor a su apodo, irritará a más de un japonés.


