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Jueves , 03-06-10
HACE algo más de una semana el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas, declaró que «los palestinos están secuestrados por Irán». Esta frase, más propia de un dirigente de la derecha israelí, reflejaba su amargura por el rechazo de Hamás, la versión palestina del grupo islamista Hermanos Musulmanes, a participar en las elecciones locales previstas para el mes de julio. Hamás no quiere legitimar con su participación unos comicios dirigidos a restablecer las instituciones palestinas, cara a una negociación con Israel avalada por un buen número de estados árabes. Bien al contrario, su plan pasa por capitalizar la actividad política al tiempo que arrincona unas instituciones que responden a una estrategia que les resulta ajena.
Junto con el régimen iraní y la organización libanesa Hizboláh, Hamás trata de dar un vuelco a la situación política en la región, poniendo fin a cualquier proceso político o diplomático que tenga como objetivo el reconocimiento de Israel y acabando con la hegemonía de fuerzas de carácter nacionalista, a su juicio la causa de la decadencia en la que se encuentran en la actualidad dichos estados árabes.
Aunque Hamás es una organización suní y tanto Hizboláh como el régimen iraní son chiíes, se ha establecido entre ellos un sólido vínculo a partir de su militancia islamista y de la constatación de unos objetivos comunes. Ese vínculo ha dado paso a una estrecha colaboración operativa, en la que Irán proporciona armamento mientras Hizboláh, una organización creada en su día por la embajada de Irán en Líbano, se ocupa del adiestramiento de las milicias islamistas palestinas en el combate, de la fabricación y uso del nuevo armamento y de la formación de los cuadros en las nuevas técnicas de propaganda. Hamás ha ido saliendo del ámbito de los países del Golfo, de donde procede la ayuda económica que los mantiene en pie, para incorporarse al círculo de aliados de Irán, el rival de Arabia Saudí en el liderazgo del Islam.
En este juego de equilibrios Turquía ha optado por tratar de establecer un puente con Irán, ofreciéndose a una pantomima diplomática por la que parte del uranio iraní sería enriquecido en ese país y devuelto con el grado de enriquecimiento necesario para ser utilizado con fines pacíficos pero no militares. Una oferta que tiene como objetivo real proporcionar a países como China y Rusia argumentos para impedir que el Consejo de Seguridad apruebe nuevas sanciones contra Irán, al tiempo que permite al antiguo Califato ganar influencia en la región.
Este es el marco que da sentido a la «Flotilla de la Libertad», que en ningún momento fue una iniciativa humanitaria sino una operación dirigida a dotar a Hamás y a la situación de Gaza de más visibilidad; a bloquear el proceso de reconstrucción política palestina tras el conato de guerra civil entre islamistas y nacionalistas; a fortalecer el papel de Irán en la gestión de la crisis y a permitir que Turquía gane presencia tras años de ausencia como consecuencia del fin del Imperio y de su opción por una modernización en clave occidentalizadora. Quien justifique, ampare o disculpe tal iniciativa debe ser consciente de a qué está jugando, no llamarse a engaño ni engañar a los demás con argumentos humanitarios.
Israel tiene derecho a establecer un bloqueo naval sobre un territorio que no es un estado, sino parte de un pre-estado, cuyos dirigentes -destacados miembros de Hamás- se han declarado en rebeldía contra las instituciones reconocidas internacionalmente -la Autoridad Palestina-, rechazan la existencia del estado de Israel y reciben armamento y entrenamiento de Irán y sus aliados para mantener una continua presión bélica.
Si unos barcos tratan de romper ese bloqueo, a pesar de los avisos recibidos, es lógico que sean asaltados. Si, como es el caso, en una de las embarcaciones hubo resistencia violenta, es normal que se haga uso de la fuerza. Lo que Israel no debía consentir en ningún caso y bajo ningún concepto era que se violara el cerco, porque en breve hubiera dejado de ser un hecho excepcional para convertirse en algo cotidiano. La «flotilla» buscaba derrotar a la fuerza naval israelí y abrir el paso a un más fácil suministro de armas. No lo ha conseguido. A cambio sus organizadores se quedan con el premio de consolación: una nueva campaña internacional contra Israel, el debilitamiento de la Autoridad Palestina y más obstáculos para sacar adelante el proceso de paz animado por Estados Unidos.
Lo más significativo de esta crisis es el papel jugado por el gobierno de Ankara. Convencido de que Turquía no tiene ninguna posibilidad de ser admitida en el corto o medio plazo en la Unión Europea, está dejando a pasos agigantados de mostrar su cara amable para actuar tal como es: la expresión de una mayoría parlamentaria compuesta por fundamentalistas musulmanes. Que un estado miembro de la Alianza Atlántica y candidato a formar parte de la UE permita y ampare que un grupo radical con vínculos con el terrorismo yihadista organice esta «flotilla» contra un estado democrático y en favor de una organización terrorista aliada con Irán es sencillamente inadmisible. Acertaron los que se opusieron a la entrada de Turquía en la Unión por razones ideológicas y toca ahora plantearse qué sentido tiene su presencia en la OTAN, cuando la amenaza más importante procede del islamismo y de la proliferación de armas de destrucción masiva y Turquía, con sus actos, demuestra estar más cerca del enemigo que de sus supuestos aliados.
Es verdad que Turquía es un estado democrático y que este gobierno puede ser reemplazado por otro de corte muy distinto en un plazo breve, pero la sospecha de que, de una u otra forma, se pueda consolidar un régimen islamista cuyos intereses sean contrarios a los de la Unión y los de la Alianza va a seguir presente durante mucho tiempo, determinando las relaciones diplomáticas con los países occidentales.
Podemos discutir hasta la saciedad aspectos jurídicos sobre el derecho de Israel a actuar en esas aguas, pero si perdemos de vista lo fundamental, si el árbol no nos deja ver el bosque, si nuestra ignorancia o nuestras buenas intenciones nos empujan a hacer declaraciones insuficientemente fundadas, nos podrá ocurrir como al Partido Popular, que después de seis años criticando la Alianza de las Civilizaciones y denunciando la connivencia del gobierno de Rodríguez Zapatero con organizaciones terroristas, acaba haciendo el juego a Irán y a organizaciones terroristas de distintos estados musulmanes. La Flotilla de la Libertad no era una anécdota, ni una acción de un puñado de locos bien intencionados. Era una maniobra dentro de una operación de mucho calado. Morder el anzuelo por supuesta buena intención, en aquellos casos en que no se estuviera defendiendo descaradamente los intereses islamistas o practicando puro y duro antisemitismo, puede dar satisfacción a alguna conciencia autocomplaciente, pero en cualquier caso supone hacer el juego al fundamentalismo musulmán y a las ambiciones iraníes.
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