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Miércoles , 26-05-10
DESDE EL IESE
SE habla mucho de la importancia de que en la empresa se vivan una serie de valores. Algunos lo decimos porque pensamos que fomentar y desarrollar esos valores (preferimos hablar de virtudes) es parte importante de la razón de ser de las empresas. Otros, porque, aunque piensen que las empresas sólo están para ganar dinero, reconocen que estos valores tienen también un impacto positivo en la cuenta de resultados.
En cualquier caso, parece haber una cierta unanimidad en que las empresas necesitan que sus empleados y directivos -curiosa distinción, porque los directivos también son empleados- sean personas leales, comprometidas, sobrias y no despilfarradoras, ejemplares, racionales y prudentes. No sólo eso, sino que se espera que la empresa inculque esos valores en sus empleados, y se le echa la culpa si no actúan de acuerdo a esas cualidades.
¿No les estaremos pidiendo demasiado a las empresas? Es cierto que pasamos muchas horas de nuestro día en nuestro lugar de trabajo, y que, por tanto, allí aprendemos muchas de las cosas no sólo que hacemos, sino -más importante aún- que nos hacen ser como somos. Pero, por otra parte, todos somos hijos de nuestro tiempo; la empresa no es un oasis al margen de la sociedad, sino que recibe el influjo de ésta. Es muy difícil pedir a la gente que viva en la empresa unos valores que no se viven y que no se aprecian en la sociedad.
Queremos que la gente viva la lealtad en la empresa. ¿Cómo van a ser leales a la empresa si no se les enseña a ser leales ni siquiera a su familia, que es mucho más importante? Pedimos a la gente que no despilfarre el dinero de la empresa y que sea moderada en los gastos. Y a esa misma gente le marcamos objetivos para que fomente el consumo desmesurado de sus clientes, llevándoles a endeudarse a veces por encima de sus posibilidades. Queremos que la gente sea racional y prudente en sus decisiones. Pero a esa gente los modelos sociales que se les presentan son las tertulias chabacanas de las «belenes estébanes» de turno. ¿Cómo queremos que la gente viva la veracidad en sus relaciones profesionales, si lo que ven es que quienes les gobiernan cubren sus mentiras con otras peores? ¿Cómo queremos fomentar la cultura del esfuerzo, si ya de pequeñitos evitamos suspenderles para que no se traumaticen?
Si como ciudadanos no vivimos determinados valores, no podemos poner sobre las espaldas de la empresa la responsabilidad de fomentar en exclusiva esos valores. Como dice el viejo adagio: «Quod natura non dat, Salmantica non prestat».
Podemos pedir y esperar que en las empresas se vivan estos valores, pero debemos interesarnos por que se vivan también en otros ámbitos de la sociedad. Las empresas harán bien en cuidar que estos valores se vivan en su ámbito, pero son las primeras interesadas en que se vivan en la sociedad, porque al fin y al cabo los ciudadanos de esa sociedad son sus empleados, y lo que aprendan en un sitio lo vivirán en el otro. Si creamos ciudadanos caprichosos y desnortados, no esperemos empleados prudentes y comprometidos.
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