Hay corridas que valen para quitar la afición: ésta, por ejemplo. Y con un cartel de figuras...
Miércoles , 26-05-10
Hay corridas que valen para quitar la afición: ésta, por ejemplo. Y con un cartel de figuras... Así estamos. En la Corrida de la Prensa de 1944, le tocó a Manolete un sobrero de Pinto Barreiro, «Ratón» (de poco más de 450 kilos, por cierto), con el que «el Monstruo» —así le apodó K-Hito— logró quizá la cumbre de su carrera. La emoción cundió en los tendidos y el escritor Agustín de Foxá, con gesto teatral, alzó sus brazos al cielo, clamando: «Señor, ¡no nos lo merecemos!»
Lo mismo he pensado esta tarde, pero en sentido contrario. Supongo que es legal, ya que la Comunidad de Madrid lo permite, pero una corrida de toros sin sorteo resulta, por lo menos, sospechosa. Ya sé que tampoco hay sorteo en las corridas concurso de ganaderías pero allí los toros se adjudican por un criterio objetivo: el orden de antigüedad.
Esta tarde, en cambio, muchos aficionados sospechan que cada diestro ha elegido y se ha traído sus toros. Las sospechas se afirman cuando uno de Perera y otro de Cayetano no pasan el reconocimiento. Los peores pronósticos se cumplen. Ninguno de los toros sale alegre y bravo; todos, flojos, mansos, apagados. El quinto y el sexto, los que más prometen, se acaban en seguida. Y los diestros tampoco saben darles. la lidia adecuada.
Con estos toros, El Juli luce su profesionalidad pero mata mal. Perera da montones de muletazos sin calidad. Cayetano se muestra fuera de sitio.
El primero, de La Quinta, es noble pero muy flojo: protestas. La labor de El Juli es correcta y, a ratos, brillante: liga naturales y el de pecho, cambios de mano, lo cierra bien. La espada lo borra todo. También le pitan cuando descarga la suerte...
El cuarto, de Victoriano del Río, sale alegre pero se desinfla como una gaseosa.La faena de El Juli es anodina: con estos toros, hace falta un enfermero magistral (como lo fue El Viti, por ejemplo) o alguien que lo compense con su estética: no es el caso de Julián.
Mucho menos, de los otros diestros. El de Núñez del Cuvillo es manso, flojo y rebrincadito. Perera se pone en plan funcionarial. Recuerdo lo que escribió una vez Antonio Díaz-Cañabate: «Señor jefe, dígale a su funcionario que vuelva a la oficina...»
Otro tanto sucede en el quinto, de El Ventorrillo, que hace concebir ciertas esperanzas al comienzo de la faena porque es el primero que se desplaza. Perera vuelve a aburrirse y aburrirnos con un faena larga. Y vuelve a matar mal, de muy lejos: aviso.
Lo de Cayetano me temo que es más preocupante. El de Domingo Hernández es otro manso sin malas intenciones. Comienza amanoletado, con el poste (Perera lo hace también en el quinto). Luego, los muletazos son demasiado claramente en línea, sin estrecharse, mandando al toro allá lejos. Así, no se puede triunfar en Madrid.
El sexto, de Toros de Cortés, con los pitones muy vueltos, casi alirado, parece embestir con clase pero sin fuerza. Cayetano vuelve a las andadas: muletea demasiado hacia fuera. Llegan los enganchones, los desarmes y las bromas del tendido, harto ya de aburrirse.
Esto ha sido todo. Hoy había un público especial que se distraía hablando de sus cosas o de la vida social. Y los del Siete, lógicamente, dispuestos a no pasar una.
Lo peor no es aburrirse una tarde más. Lo preocupante es el estado de la Fiesta que estamos viendo en San Isidro: se están yendo demasiados toros que pedían una mejor lidia, un toreo más de verdad, más auténtico. El panorama asusta. Por eso me he acordado hoy del gesto de Foxá: no nos merecemos tanta vulgaridad, tanta rutina, tantos toros flojos. Claro que tampoco nos merecemos otras cosas más importantes que estamos sufriendo.

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