Jueves
, 20-05-10
COMO era de prever, el pulso entre el Ejército tailandés y los manifestantes partidarios del ex primer ministro Thaksin Shinawatra se ha consumado de la peor manera: a falta de un camino para el compromiso, los militares han impuesto su abrumadora superioridad y han aplastado sin contemplaciones a los «camisas rojas» que hace seis semanas que habían logrado paralizar la ciudad de Bangkok. A pesar del terrible coste en vidas humanas, para el Gobierno ésta ha sido la parte más sencilla, teniendo en cuenta que goza del apoyo de los militares. Sin embargo, después de este desenlace traumático probablemente el país no encuentre la estabilidad que anhela, porque lo que estaba en disputa no era la ocupación de un determinado sector de la capital, sino la legitimidad del Gobierno actual y del que fue derrocado en 2006. Para empezar a reconstruir el país y restablecer el orden, el actual primer ministro, Abhisit Vejjajiva, debe tener en cuenta el origen de las tensiones que han desembocado en este lamentable derramamiento de sangre, del que él mismo es responsable.
Los «camisas rojas» han provocado graves daños en la ciudad y han demostrado que estaban dispuestos a llevar su protesta hasta límites de violencia intolerables. Sin embargo, para el primer ministro Vejjajiva el precio de esta decisión de terminar por la fuerza con el pulso de los manifestantes compromete su propia posición ante los ciudadanos que apoyan la protesta en otras zonas del país y ante la comunidad internacional. Por ello es necesario que todos los sectores políticos tailandeses emprendan cuanto antes un proceso de reconciliación y construyan un pacto nacional en el que ninguno de los dos sectores pretenda imponerse aplastando al otro. La estabilidad lograda con la eliminación de los opositores políticos sólo funciona en los cementerios, mientras que los tailandeses tienen mucho que aclarar, tanto sobre las verdaderas causas del derrocamiento de Shinawatra como, sobre todo, el proceso que siguió al golpe de Estado de 2006. En cuanto a los militares, cuanto antes regresen a sus cuarteles para apartarse de la vida política y someterse a la autoridad civil, tanto mejor.

