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Martes , 18-05-10
A pocos metros de la estación de Ploenjit del tren elevado que recorre el centro de Bangkok, la «frontera» entre los «camisas rojas» y el Ejército, la «marcha» continúa en Nana, el famoso «soi» (callejón) 4 de Sukhumvit Road. Mientras las patrullas militares cortan la avenida, cientos de «señoritas» y transexuales proponen hacer el amor, y no la guerra, por el módico precio de mil bahts (25 euros).
Aunque la revuelta ha dañado a la potente industria turística de Tailandia, que supone el seis por ciento del PIB, los bares de alterne y locales de «strip-tease» siguen abiertos. La ocupación de los hoteles, que por estas fechas debería estar al 80 por ciento, es sólo del 30 por ciento, pero aun así se ven viajeros occidentales que acuden a la capital tailandesa atraídos por sus masajes con «final feliz» más que por sus bellos templos y pagodas budistas.
En las terrazas de «Soi Nana» y «Soi Cowboy», los turistas sexuales desafían las protestas con sus chanclas con calcetines, sus bermudas de flores y las camisetas bajo las que sobresalen sus orondas tripitas cerveceras. Acompañados por bellezas orientales de piernas esculturales, minifaldas ceñidas y pechos siliconados, no vienen a Bangkok protegidos por chalecos antibalas, sino por una buena remesa de preservativos.
Es la otra cara de la miseria que rodea a esta megalópolis de 12 millones de habitantes plagada de rascacielos y galerías comerciales de lujo. Mientras unos dan su vida por acabar con las grandes diferencias sociales, otros venden sus cuerpos por 25 euros.
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