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Lunes , 17-05-10
HACE tiempo que la situación política tailandesa se encuentra en una vía muerta. Los «camisas rojas» llegaron a Bangkok hace dos meses para reclamar la restitución de la democracia, aunque lo hicieron arrastrando los entresijos de una división política mucho más antigua: los militares depusieron en 2006 a un Gobierno civil que estaba acusado de graves prácticas corruptas, pero las consultas que se han producido después -bajo el control del Ejército- han sido ganadas por los partidarios del primer ministro defenestrado, pese a lo cual el Gobierno sigue teledirigido desde los cuarteles. Después de casi un lustro de inestabilidad, la confrontación está tiñendo de sangre las calles de Bangkok, y en los últimos días el número de víctimas ha llegado a cifras intolerables. A estas alturas tiene poco sentido intentar definir quién es más culpable de esta situación, cuando lo cierto es que si las instituciones son incapaces de resolver los conflictos sociales y políticos pacíficamente, la consecuencia es que se impone la violencia y el caos, como han comprobado amargamente los tailandeses. Por más que asegure tener el mando del país, el Gobierno sólo controla lo que está al alcance de las balas de los militares, mientras que los «camisas rojas» se han convertido en una banda de insurrectos con muy poca capacidad operativa para hacerse cargo de la situación.
En estas circunstancias, las Naciones Unidas han realizado una oferta de mediación que debería tener como primera virtud detener la violencia cuanto antes, pero que no ha sido bien acogida por el Gobierno en el poder. Sin embargo, tarde o temprano tendrá que cambiar de opinión, porque ya no existe otra salida posible que no sea violenta. Se impone una negociación que permita superar todos esos antecedentes, sin desdeñar la necesaria atribución de responsabilidades por la ruptura del orden constitucional, pero anteponiendo un plan para poner fin a la violencia y la destrucción del país. La comunidad internacional -empezando por Estados Unidos y, sobre todo, China-no puede seguir asistiendo impasible a la crisis, mientras Tailandia se despeña por el precipicio y sus ciudadanos se desangran en la calle.
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