El actor español es un firme candidato al premio al Mejor Actor en el Festival de Cannes por su soberbia interpretación en «Biutiful», del mexicano Iñárritu
Actualizado Martes , 18-05-10 a las 11 : 01
Por fin el Festival nos descubrió al director Iñárritu sin el guionista Arriaga, y, en efecto, es otro Iñárritu, más oscuro si cabe, más humilde y tenebroso, más sin rodeos y que filma y narra a ras de subsuelo, sin tanta cabriola. «Biutiful» es una angustiosa estampa de la fatalidad y del percance de sus personajes, todos aquellos que rodean al que interpreta Javier Bardem (interpretar tal vez sea un verbo que se queda algo corto para lo que Bardem hace), que es, como sugiere el título, una errata de lo bello, o lo hermoso mal escrito.
La película transcurre en la arruga de una Barcelona terrible, la de la espesa selva del inmigrante y el mundo anélido que provoca, aunque eso es sólo el tapiz en el que se mueven sus desgraciadas figuras. «Biutiful» es un drama sin fisuras, sin que en ningún momento se plantee siquiera el abrir una ventana para que entre el aire, y toma tozudamente su camino: siempre hacia un peldaño más abajo, más irrespirable. Tras el poético preámbulo (o tal vez, epílogo), la cámara seguirá a ese pobre superviviente a punto de perder su único instinto, que malvive de, y a veces para, los ilegales a los que les da la bolilla de algún trabajo, remiendo o embrollo, y que hace equilibrios entre la educación de sus dos hijos pequeños, la resistencia y soporte de su mujer bipolar, tan ida como llegada, y entre el filo del trapicheo y el olor a muerto, que él percibe de otro modo, casi como un personaje de un cuento fantástico entre Borges y Macondo.
Discreción emocional
Iñárritu deposita toda la carga animal de su película en los hombros de Bardem, cuya figura se tambalea dramáticamente con tanto peso, el del pasado (padre, madre, vida), el del presente inaceptable y del futuro sin albur ni eventualidad. Y su trabajo es de una solidez y una discreción emocional, que, si el premio de interpretación tuviera patas, se iría ya corriendo hacia él.
La otra película que competía ayer era la que dirigía el calibre más alto del cine japonés, Takeshi Kitano, en cuyas películas duelen los disparos. Se titula «Outrage» y con ella vuelve a lo que fue su estilo: que hablen las armas. Es una historia de yakuzas, o mafiosos japoneses, en la cual tardan unos cien minutos en matarse todos entre sí. Todos. El argumento es ése: se matan; y el estilo es puro Kitano: ellos se matan, pero te duele a ti, de puro bestia. Sus posibilidades de ganar la Palma de Oro son las mismas que las que tengo yo de ganar la travesía a nado del Canal de la Mancha.

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