
Actualizado
Lunes
, 10-05-10 a las 12
:
49
Barcelona vive desde hoy una experiencia inédita. En lo que el Ayuntamiento define como la sublimación de la democracia participativa, la capital catalana celebra hasta el próximo domingo una consulta para decidir la transformación de la Diagonal, un proceso tan aparentemente ejemplar como falso y vacío en esencia. Más que en ningún otro caso, el referéndum de la Diagonal muestra todas las contradicciones y falsedades de lo que se conoce como procesos de participación; en el fondo, sólo una forma de refrendar, en el mejor de los casos, una decisión que la autoridad ya ha tomado de antemano.
Es el caso de la Diagonal, cuya reforma, sí o sí, va a salir adelante al margen del referéndum. Aunque Jordi Hereu está jugando estos días la carta apocalíptica, amenazando con todo tipo de calamidades sino se acomete la reforma -una forma muy particular de llamar a la participación-, también ha dado a entender que la transformación va a hacerse de todos modos; un resultado negativo en la consulta sólo conseguirá aplazar la decisión; el resto de grupos ha dado a entender también que se presentarán a los comicios con su propia propuesta. Las elecciones locales de mayo de 2011 vendrían a ser una segunda vuelta de la consulta.
Cuando Jordi Hereu lanzó hace un par de años su propósito de llevar adelante la reforma, el grupo de ERC reclamó que la misma se sometiese a referéndum, una petición que el gobierno aceptó de primeras pensando en una consulta a medida, a escoger entre dos propuestas que no cuestionaban la transformación. Planteado de ese modo, venía a ser algo así como una versión sofisticada de otros procesos participativos -ahora obligatorios en cualquier proyecto de envergadura-, siempre dirigidos y de resultado amoldable, pero clamorosamente ignorados cuando los vecinos se empeñan en llevar la contraria al Consistorio, como está pasando con el caso del Miniestadi.
Carga política
El nada casual matiz impuesto por CiU que introduce la opción C, la del no, ha dado al referéndum una carga política indudable, al plantear la posibilidad de imponer a Hereu un voto de castigo que puede tener en la Diagonal su principal víctima.
Durante estas últimas semanas han sido muchas las voces que han clamado contra la poca idoneidad de una consulta que no representa otra cosa que la dimisión de responsabilidades por parte del gobierno municipal. Si la introducción del tranvía y la anunciada mejora del tráfico en el Eixample que ello va a representar son el único remedio ante el colapso que supondrá no hacer nada -al menos eso aseguran en el Ayuntamiento-, muchos se preguntan ¿por qué someter tal medida a referéndum? ¿Por qué arriesgarse a que un voto de castigo a Hereu embarranque una reforma calificada de imprescindible? Si el gobierno considera que es necesaria acometerla no cabe otra que ejercer la autoridad y llevarla a cabo.
En este caso, y tal y como se han manifestado arquitectos, urbanistas y colegios profesionales, preguntar es un buen ejercicio, pero dejar la última decisión en sus manos es una irresponsabilidad, por no hablar de tener que escoger entre dos opciones que, se diga lo que se diga y más allá de la estética, no son neutras y tienen consecuencias técnicas complejas, más allá de la capacidad de entendimiento del ciudadano medio.

¿Alguien se imagina haber sometido el trazado del AVE a referéndum, o el Área Verde de aparcamiento, tan rechazada al principio como ahora valorada por los vecinos? Tal y como ha planteado Lluís Permanyer en libro sobre la reforma que ha editado el FAD, si el Plan Cerdà se hubiese sometido a consulta en su momento hubiese ganado el no.
Vinculante a medias
Sea como fuere, y volviendo al principio, a la postre todo el proceso de consulta habrá sido en balde, y aquí sin entrar a considerar qué porcentaje mínimo de participación sería aceptable. Si sale el no, los partidos políticos, en buena lógica, ya han dicho que la reforma va a hacerse de todos modos, y si gana el sí en cualquiera de las dos opciones (bulevar o rambla), no se hará nada más que lo que el Ayuntamiento había previsto. Conclusión, la consulta sólo será vinculante si sale el resultado que el Consistorio desea, un acto de responsabilidad política pero una burla a quienes hayan participado, convencidos cándidamente de que por fin la administración atiende su voz.0


