En esta Tercera de ABC, Van Rompuy nos recuerda a los europeos que tenemos un lugar privilegiado en el mundo
Por qué Europa os necesita hoy
Domingo , 09-05-10
Hace sesenta años, la historia de Europa cambió de rumbo. El 9 de mayo de 1950, el ministro de Asuntos Exteriores francés, Robert Schuman, invitaba a los países de Europa, y en especial a Alemania, a unirse a una empresa política común. Con la Segunda Guerra Mundial tan reciente, éste fue un acto valeroso en pro de la paz y la reconciliación. El resultado ha sido que la guerra entre países europeos de la Unión se ha convertido en algo inconcebible. La fuerza de atracción de la Unión aceleró el colapso del comunismo y el fin de la guerra fría. Con el paso del tiempo, los gobiernos europeos han encontrado maneras de dirimir en común sus diferencias. Las batallas sangrientas se han sustituido por las salas de negociación de Bruselas. Esto es progreso.
En la época de Schuman, Adenauer y de los demás padres fundadores, los seis países que comenzaron esta aventura pusieron en común las políticas relativas al carbón y el acero. Hoy somos una Unión de veintisiete democracias y quinientos millones de ciudadanos que abarca el continente europeo, de Finlandia a Portugal y de Irlanda a Rumanía. Tenemos en común el mayor mercado del mundo y un conjunto de normas importante, la mayoría compartimos una moneda común y también fronteras e instituciones políticas. Compartimos un pasado y un futuro.
Pero compartir no siempre es fácil. Nos proporciona ventajas, al incrementar la fuerza y las posibilidades de todos. Pero también supone que a veces los problemas de uno afectan al resto. Desde el momento en que uno colabora con un objetivo común y en beneficio de todos, también tiene que estar dispuesto a afrontar conjuntamente los contratiempos inesperados. La solidaridad pierde su sentido si solo funciona cuando las cosas van bien.
El éxito que ha coronado nuestra historia de los últimos 60 años no basta para construir un futuro común, ya que cada generación ha de renovar su convicción en la necesidad de la Unión.
¿Por qué siguen colaborando nuestros veintisiete países? Porque nuestros gobiernos consideran que en un mundo globalizado no pueden seguir garantizando por sí solos el bienestar y la seguridad de sus ciudadanos. Por eso, aunque no siempre estén de acuerdo en todo, los veintisiete gobiernos de los Estados miembros de la Unión prefieren pertenecer al club europeo que quedarse solos ante el peligro.
Y ¿por qué os necesitamos a vosotros en esta empresa? Me gustaría recordar alguna de las ventajas concretas de pertenecer a la Unión Europea.
Hoy en día, los ciudadanos europeos disponen de vuelos baratos a ciudades y playas de todo el continente. Podemos llamar por teléfono dentro de la Unión por mucho menos dinero que antes. Podemos comprar productos de cualquier país de la UE de manera segura. Las colas en los puestos fronterizos han pasado a la historia. Y realizar estudios en el extranjero es una experiencia fácilmente alcanzable. Efectivamente, Europa ha abierto un espacio de libertad y de oportunidades. Sin embargo, tenemos que ser sinceros. Frente a una crisis económica y financiera como la que estamos afrontando actualmente estas ventajas prácticas no tienen suficiente peso. Los políticos tienen que dar también respuestas convincentes ante las situaciones difíciles. Por ejemplo: ¿por qué hemos decidido quince países europeos, junto con el FMI, prestar a Grecia 110.000 millones de euros para ayudarla y garantizar el futuro del euro? O bien, ¿por qué veintisiete países europeos pensamos que los Balcanes occidentales -una región a la que su reciente guerra ha infligido tanto sufrimiento- deben entrar en la Unión antes o después? Estas cuestiones no sólo tienen que ver con las ventajas prácticas de pertenecer a la Unión; son cuestiones que afectan a la estabilidad existencial y a la paz de todos.
Como presidente del Consejo Europeo, institución en la que se reúnen los veintisiete Jefes de Estado o de Gobierno de la Unión Europea, no os pido entusiasmo, ni que agitéis banderas europeas. Sólo os pido que seáis conscientes de que, cuando negociamos un pacto o resolvemos una crisis concreta suele haber más en juego que el pacto o la crisis propiamente dichos. A menudo está en juego el propio destino de Europa. Juntos, estamos defendiendo un tesoro que nos es muy querido.
Los europeos tenemos un lugar privilegiado en el mundo. A nuestros países se les envidia por su estabilidad política, por su bienestar y sus sistemas sociales, por la calidad de vida europea. Vosotros, los quinientos millones de hombres y mujeres que vivís en la Unión Europea, estáis entre las personas que mejor educación y formación han recibido en el mundo. Somos la mayor potencia comercial del mundo. Estos son logros de los que podemos estar orgullosos, porque muestran nuestra singular capacidad para desarrollarnos a lo largo del tiempo, conservando a la vez nuestro patrimonio. Y todavía poseemos esa capacidad.
Pero vivimos en un mundo en transformación, donde otros países y regiones están preparados para superarnos económicamente. Nuestros puestos de trabajo y nuestra influencia están en juego. Y ante los nuevos retos, el nacionalismo y el populismo no constituyen las respuestas adecuadas. Para defender nuestros valores, intereses y puestos de trabajo, tenemos que seguir actuando juntos y, cuando actuemos individualmente, hacerlo con un espíritu común. El mundo actual nos exige, por ejemplo, que elaboremos una política económica más sólida, una política exterior común más incisiva y una respuesta ante el cambio climático con mayor unidad. Me satisface que todos los miembros del Consejo Europeo estén dispuestos a asumir esta responsabilidad común.
Hace sesenta años, Schuman y los padres fundadores de le UE se embarcaron en una empresa conjunta. A los países que se sumaron a esta empresa les ha ido bien, y tenemos que luchar porque continúe así. Se trata de la prosperidad, la seguridad y el destino de millones de personas que viven en nuestro hermoso continente.
Hoy sólo os pido una cosa: que os detengáis un momento para que seáis conscientes de que ésta es, como europeos, nuestra aventura común.

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