Una extraña solidaridad, no demasiado apetecible, recorre las calles de Atenas
Actualizado Lunes , 10-05-10 a las 08 : 40
Estos días, trabajar como enviado especial de un medio español en Atenas es muy fácil. «¿De España? ¡Ah, vosotros sois los próximos!», le dicen constantemente al reportero de ABC, palmeándole la espalda, anticipando la extensión de la crisis griega a nuestro país, y creando una extraña solidaridad que en estos momentos no parece demasiado apetecible. Al principio de la calle Stadiou, en el epicentro de las protestas contra el plan de austeridad del Gobierno, una imagen recurrente: los escaparates de una tienda de telefonía móvil aparecen destrozados a pedradas.
Un vagabundo aparta unos vidrios rotos para sentarse, y sonríe. En la pared, sobre su cabeza, lemas anarquistas garabateados con spray sobre un cierre de chapa. «Esa pintada es de los disturbios del año pasado, no es importante», nos indica el sin techo en perfecto inglés. «Las de ayer son éstas», dice, señalando la pintura negra sobre la telaraña de cristales resquebrajados. Grecia, al parecer, lleva demasiado tiempo sumida en el caos.
La complicidad con el periodista desaparece un poco más abajo, en el número 23. Aquí, el pasado miércoles, tres trabajadores del banco Marfin Egnatia murieron asfixiados cuando los manifestantes prendieron fuego al edificio. En el homenaje a las víctimas, nadie quiere hablar con la prensa. No hace falta: la escena habla por sí sola. No sólo compañeros de los fallecidos, sino también empleados de banca de otras entidades, dejan flores e inscripciones manuscritas frente a la fachada. Al poco llegan dos cabezas rapadas que contemplan la escena con rabia, y para quienes la responsabilidad de lo sucedido está clara.
«Cretinos anarquistas», se lee en un cartel improvisado. «Vergüenza para los que hicieron esto, y para los que siguen animándoles», dice otro. Algunas notas y regalos —entre ellos un pequeño osito de peluche— están dirigidos a un bebé no nacido: una de las trabajadoras fallecidas, Angeliki Papathanasopoulou, de 32 años, estaba embarazada de cuatro meses.
El desfile de visitantes es constante, y en todos los rostros, disimulados con gafas oscuras, se ven los mismos ojos húmedos, las mandíbulas temblorosas, la ira contenida. Pero no sólo contra los que iniciaron el fuego: también contra el dueño de la entidad bancaria. «¿Por qué estaban trabajando?», dice una de las pegatinas. El miércoles, los empleados de banco estaban llamados a la huelga, como el resto del país. Pero en Marfin Egnatia todo el mundo acudió al trabajo.
«Hay cosas que se supone que uno debe hacer si quiere promocionarse», comenta Stavros Tresos, trabajador de otra entidad bancaria. Según han denunciado los empleados de Marfin Egnatia, el pasado martes se distribuyó un memorándum interno en el que se decía que el que hiciese huelga se atuviese a las consecuencias. «Así que puedes comprender por qué la gente fue a trabajar. Yo soy cajero, y si dentro de treinta años sigo siendo cajero, será porque alguien consideró que alguna vez no me comporté debidamente», se queja Tresos.
Por ello, estas muertes han dividido profundamente a la sociedad griega, que hasta el miércoles se mostraba mucho más unida en su oposición al plan gubernamental. Tal vez el mejor símbolo de ello sean los taxistas, a quienes las medidas de ajuste van a afectar enormemente, pero que también se han visto muy perjudicados por las protestas. «Entre la crisis y las manifestaciones, hay muchos menos turistas», dice Ilias, que monta guardia con su taxi frente al hotel Grande Bretagne a la espera de clientes. Le preguntamos si los disturbios no le han causado problemas. «¿Y qué puede hacer la gente? Hacen bien en protestar. Yo también soy parte de la sociedad. Tal vez ahora las manifestaciones me perjudiquen, pero si no, dentro de seis meses va a ser incluso peor», dice, encogiéndose de hombros. «Los responsables de la violencia son cuatro imbéciles de veinte años que actúan primero y piensan después, pero el resto de los manifestantes son pacíficos», asegura.
Al volver a pasar por la calle Stadiou, el mismo vagabundo angloparlante de antes finge ser hemipléjico para mendigar unas monedas. Se ve que, en Grecia, cada uno enfrenta la crisis como puede.

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