El torero francés, que había perdido el rumbo el año anterior, devolvía a la Feria de San Isidro, en aquella tarde histórica, la verdadera esencia del toreo
Así lo contó ABC en 2009
Actualizado
Miércoles
, 05-05-10 a las 13
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El 14 de mayo del año pasado, se respiraba el ambiente propio de las grandes tardes en los alrededores de la Las Ventas, una plaza llena a rebosar que había colgado su primer «no hay billetes» de la Feria de San Isidro.
Llegaron las figuras del toreo a la Monumental madrileña: Morante de la Puebla, Alejandro Talavante y un enorme Sebastián Castella. El torero francés –que había perdido el rumbo el año anterior– devolvía aquella tarde a la feria, en una corrida histórica, la verdadera esencia del toreo.
Castella regresaba a España con «el pulso y el sitio» retomados en América. «Ya entonces se mascaba que en cualquier momento asestaría el golpe que lo devolviese al lugar de los elegidos que nunca debió abandonar», aseguraba ABC.
Aquel «golpe» lo asestó en Las Ventas, ante la atenta mirada de la Infanta Doña Elena, que presidía el festejo desde el Palco Real, numerosas personalidades políticas y deportivas, 25.000 aficionados y dos maestros como Palomo Linares y Jaime Ostos, que miraban atentos el buen hacer del diestro foráneo.
La dimensión ofrecida por Castella aquel día, «desde el valor y la plomada cuajados, la lucidez manifiesta», fue propia de los maestros que han escrito páginas de oro en Madrid. Todo lo hizo con torería, sin faltarle ni sobrarle un solo gesto, desde el paseíllo inicial hasta la salida a hombros por la Puerta Grande.
«Lo que nadie rebatirá –decía la crónica sobre la faena– es la demostración desplegada en el ruedo venteño, la proyección de temple y muleta a rastras; el encaje, la madurez, la caligrafía de una mano derecha que imanta muy lejos». Y luego se preguntaba: «¿Qué distingue a una figura en cualquier época? La capacidad de invención para cortarle las orejas a toros que en otros pasarían de largo».
La maestría desplegada por el francés «para liar al huidizo burraco segundo de la mansa corrida de Garcigrande, en una muleta siempre dispuesta, siempre por delante, fue magnífica». Y el espadazo, después, lo catapulto a su primera oreja de la tarde.
Pero fue la primera mitad de la faena del quinto toro lo que le llevó a la gloria: «El arranque de estatuarios impertérritos con el toro a galope tendido puso la plaza a cien. Las trincheritas a ciento cincuenta. Y dos serie de derechazos bestiales de inmenso recorrido, a doscientos». Pañuelos al viento y la segunda oreja, que le abrió la Puerta Grande y el devolvió al olimpo de los maestros que nunca debió abandonar.



