Valoración:
Desde aquella tarde de 1972, con Palomo Linares y Curro Rivera, nadie había cortado la friolera de cuatro orejas en Madrid. «Y a ver quién es el imbécil que le resta una, un miligramo de valor, un ápice de verdad», decía ABC
Actualizado Miércoles , 05-05-10 a las 13 : 58
«José Tomás es el toreo. José Tomás es el toreo puro y absoluto. José Tomás convirtió su reencuentro con Madrid en una antología, en una página de oro de la Historia». Así comenzaba la crónica de aquella memorable tarde del diestro de Galapagar en Las Ventas, que será recordada, muchos años después, como una de las más grandes que ha dado no sólo la Feria de San Isidro, sino la historia de la tauromaquia.
Desde aquella tarde de 1972, con Palomo Linares y Curro Rivera, nadie había cortado la friolera de cuatro orejas, con dos toros, en Madrid. «Y a ver quién es el imbécil que le resta una, un miligramo de valor, un ápice de verdad», afirmaba el crítico de ABC, para quien «Las Ventas se rindió al toreo grande, a la tarde más redonda y pletórica de los últimos 25 años».
Ni una de las 24.000 almas que habían llenado la plaza movía un dedo después de la faena del de Galapagar, que abrió de par en par la Puerta Grande, como en los tiempos gloriosos de Antoñete, el torero de mechón blanco y pulmones negros. «¡Torero, torero, torero!», gritaban al unísono, al tiempo que disfrutaban de la estampa del diestro a hombros, escoltado por la Policía «como una figura de época».
¿Y la faena? ¡Cómo toreó José Tomás! Erguido, como una estatua frente al toro, leyenda viva sobre la arena que enloqueció a un público que se deshacía en aplausos y ¡oles! «Como en su plenitud, ofrecido el medio pecho, la muleta de cuero, látigo de seda, los muslos ofrecidos, la tela por delante y, sobre todo, por abajo. El toreo es por abajo, arrastrar la franela, vaciarlo atrás, vaciarse con él; el toreo es cruzado. El toreo es José Tomás…».
No daba un paso atrás y el toro obedecía, mejor dicho, el maestro de Galapagar lo obligaba a obedecer. «Y de repente la izquierda produjo el más estremecedor natural de treinta tardes, con permiso de El Cid, para no molestar», decía la crónica.
José Tomás, que brindó al público la faena de su regreso a Las Ventas después de cinco años ausente, le correspondió con una ovación ensordecedora y los halagos merecidos por un grande: «¡Me has arrancado mi corazón y ahora lo tengo en un puño, José!», le decía una aficionada. «¡Hoy me gustas más que ayer!», le susurraba otra. «¡Maestro!», le gritaban todos.
La gente quería tocar a su mesías, como si de la Virgen del Rocío se tratara, casi llegando a provocar su caída. Él, callado, como siempre… hasta que en sus labios se dibujó una tímida sonrisa de agradecimiento eterno, poco antes de enfilar la Puerta de Caballos, hacia la eternidad, a los altares históricos de la Fiesta Nacional. «¡Torero, torero, torero!».
Valoración:

Enviar a:

¿qué es esto?


Más noticias sobre...